La Cristiandad Descarriada - AL LECTOR INTERESADO

Existe un conjunto de personas, esparcidas por todas las comunidades de habla inglesa que hay en el mundo. Así también en países de habla hispana, y en Europa y África, todos los cuales sostienen las creencias que se han presentado en los capítulos de este libro.

Estos están formados en comunidades denominadas "iglesias", que viene del término griego "ecclesias". Esta palabra significa la asamblea de los apartados, y se emplea apropiadamente para designar a aquellos que, por medio de la verdad, han sido apartados tanto del mundo como de la multitud de cuerpos cristianos profesos, quienes sostienen la tradición de un sistema eclesiástico corrupto en vez de las doctrinas promulgadas por Jesús y los apóstoles. Fue el nombre que el Espíritu confirió a las comunidades que sostenían la verdad de Cristo en los primeros siglos; y como no tiene un equivalente apropiado en el idioma inglés, los hermanos que hablan esa lengua no tienen más alternativa que usarlo en su forma original, es decir, "ecclesia".

Pero hay otro nombre por el cual aquellos que sostienen la fe que aquí se ha presentado, se distinguen individualmente de los que profesan la tradición. La palabra original "ecclesia" se aplica sólo a cierto número de personas, y aproximadamente corresponde al término inglés "church" de uso popular en ese idioma. Pero hay necesidad de un nombre de aplicación individual (que tenga importancia genérica) que corresponda al término "cristiano" del habla común. A los creyentes en Cristo se les llamaba "cristianos" en Antioquía, en el primer siglo y, posteriormente, en todo el mundo.

Este era el nombre por el cual se les conocía; el apodo que originaron sus enemigos y que, en aquel tiempo, era un epíteto de oprobio, aunque desde el punto de vista de los discípulos, era un nombre de honor. Pero el propósito para el cual sirvió ese nombre en los tiempos antiguos ya no cumple con su objetivo; ya no diferencia a los hermanos de Cristo de aquellos que rechazan la fe en Cristo. A todo occidental se le llama "cristiano". La palabra no define nada más allá de una adhesión a la tradición histórica de Jesucristo. No implica nada doctrinal. Un hombre puede creer cualquier cosa y ser un cristiano. Por esta razón, ha cesado de servir a su uso original.

Pero, podría argumentarse, que el abuso de una palabra correcta--una palabra del Nuevo Testamento--no justifica su repudio de parte de aquellos que la entienden correctamente. La respuesta a esto es: la palabra no es necesariamente un término correcto, porque fue inventada por los enemigos de la verdad. No es un término del Nuevo testamento, excepto que el Nuevo Testamento consigna que se usó por primera vez en Antioquía en referencia a los hermanos de Cristo, y posteriormente la emplea sólo una vez como una designación corriente (1 Pedro 4:16), y tan sólo para acomodarse al uso popular, de la misma manera que se consigna que Agripa la usó en referencia a sí mismo en Hechos 26:28. No puede hacerse valer ningún reconocimiento para ese nombre como si tuviera aprobación divina. Debemos tratarla en otro terreno. Se utilizó para propósitos de diferenciación social. No podía utilizarse con ningún otro objetivo. Llamar a un hombre "cristiano" no le convertía en santo; sólo lo identificaba ante la opinión popular con una secta contra la cual, en aquel tiempo, se hablaba en todas partes. Este uso del nombre es aprobado por Pedro, de lo cual se deduce que es conforme a las Escrituras reconocer una designación característica si está acorde con la verdad. La palabra "cristiano", que en los días de Pedro estaba acorde con la verdad, ya no lo está hoy en día.

¿Por cuál nombre se ha de sustituir? Algo que exprese la verdad, algo bíblico--que no sea de origen humano--que no exprese afinidades con las ideas humanas. Todo lo que se asemeje a las divisiones ocurridas en Corinto deben reprobarse. Que ninguno diga: "Yo soy de Pablo", en contra de otro, que dice: "Yo soy de Cefas", mas bien digamos todos: "Yo soy de Cristo". Pero, ¿cómo haremos esto en un nombre que sea bíblico, y no obstante se diferencie de las masas de la "cristiandad", los cuales se llaman "cristianos"? La respuesta está delante del lector en la palabra "CRISTADELFIANO".

Esto responde a todos los requerimientos del caso. Es la forma castellanizada de la frase griega Christou adelphoi, "hermanos en Cristo", y es inequívocamente característica, que nunca se ha empleado en ningún idioma para designar a aquellos que son de Cristo. Tiene una ventaja sobre la palabra "cristiano" en que es más bíblica y precisa en su significado. La palabra "cristiano" tan sólo expresa el entendimiento vago y poco inteligente del mundo acerca de la posición de los hermanos de Cristo. Simplemente vio que el uno tenía algo que ver con los otros, y a estos los llamó cristianos; pero el término "cristadelfiano" va más allá, y revela el hecho de que los discípulos de Cristo no son tan sólo sus siervos, sino sus amigos (Juan 15:14-15)--sus "hermanos" (Hebreos 2:11, 17; Mateo 28:10; Romanos 8:29; Juan 22:17)--"coherederos con Cristo de las promesas hechas a Abraham". (Gálatas 3:29; Romanos 8:17)

Pero podría preguntarse: ¿Por qué no expresar ese hecho en castellano claro, y llamarlos "hermanos en Cristo"? Por la sencilla razón de que en castellano claro estas palabras serían tan imprecisas como la palabra cristiano, ya que toda clase de personas pretenderían ser "hermanos en Cristo". Nadie querrá identificarse con los "cristadelfianos", sino aquellos que, por un conocimiento de la verdad, reconocen la necesidad de diferenciarse de la gran apostasía que hay en todas sus sectas y denominaciones.

Si estas consideraciones no son satisfactorias para aquellos que objetan la forma griega de la frase, y porfían por el nombre "cristiano", que recuerden que la palabra "cristiano" es tan griega como la palabra "cristadelfiano", y que la elección yace en realidad entre un apelativo griego inventado por los enemigos de la verdad en el primer siglo, y uno que expresa la verdad ratificada por el Espíritu en la misma época del mundo.

Los cristadelfianos, que se hallan esparcidos por todo el mundo, no tienen una organización eclesiástica más allá de los sencillos arreglos necesarios para dirigir sus asambleas tan eficientemente como sea posible para los objetivos designados, los cuales son: 1º -- su mutua edificación en la fe, por medio de la observancia de la Cena del Señor, "en el primer día de la semana" (Hechos 22:7; 1 Corintios 16:2) y las exhortaciones; 2º -- la presentación de la verdad para la instrucción y salvación de los que la ignoran; y 3º -- un mutuo cuidado en las cosas espirituales y temporales. No tienen "ministros" ni oficiales pagados de ninguna clase, y en ausencia del Espíritu, no tienen ningún directivo. Los hermanos oficiales son tan sólo servidores para la conducción de las tareas necesarias, y el cuidado de los asuntos e intereses generales de la iglesia. Los hermanos, todos sin excepción, se reúnen sobre la base del amor fraternal y del buen sentido, todos esforzándose, sin diferencias, por promover los objetivos generales de su unión.

Cualquier deseo de conocernos con mira a la fraternidad sobre la base de la verdad, puede tener respuesta si se escribe a la dirección de quienes publicaron este libro, donde el lector puede obtener la dirección de personas cristadelfianas que se hallan lo más cerca posible del área donde Ud. vive.


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