EL JUICIO VENIDERO--EL OTORGAMIENTO DE RECOMPENSAS DIVINAS A LAS CLASES RESPONSABLES AL REGRESO DE CRISTO

Un examen de la Biblia mostrará que en nada se ha descarriado tanto la cristiandad como en el tema del juicio venidero. La idea común acerca del "juicio venidero" es que en un tiempo determinado, conocido popularmente como los "últimos días", Dios pedirá cuenta individual a todo ser humano; que el cielo y el infierno se vaciarán de sus innumerables miríadas de almas, las cuales volverán a unirse con sus antiguos cuerpos (resucitados para recibirlas) y se añadirán a la población viva de la tierra para presentarse a juicio.

No hay excepción a esta regla en la mente de los creyentes tradicionales. No les parece extraño que haya un futuro día de juicio para los muertos, si supuestamente el destino de cada caso quedó resuelto cuando le sobrevino la muerte. Tampoco representa para ellos ninguna dificultad que las clases obviamente no responsables del género humano sean llevadas a juicio. Idólatras, paganos, bárbaros de la clase más baja, personas irracionales de todo tipo, retardados mentales, niños pequeñitos, todos, absolutamente toda alma humana que alguna vez haya tenido existencia, cualquiera que sea la condición en que haya existido--resucitará y será llevada a rendir cuentas, de acuerdo con la teología popular.

Que semejante idea presenta grandes e insuperables dificultades, puede ser atestiguado por los penosos esfuerzos de más de alguna mente reflexiva. Ahora nos proponemos mostrar que esta idea es totalmente opuesta a las Escrituras.

En realidad, ya hemos hecho esto en los capítulos anteriores. Pero el asunto merece un estudio más atento y sistemático. Ya hemos citado declaraciones que establecen que no habrá resurrección para aquellos que, por no tener entendimiento, no son responsables para comparecer ante el tribunal divino. Mayor evidencia se halla en la descripción que hace David de la situación de la clase de personas a las cuales nos estamos refiriendo:

"Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás), para que viva en adelante para siempre, y nunca vea corrupción. Pues verá que aun los sabios mueren; que perecen del mismo modo que el insensato y el necio, y dejan a otros sus riquezas. Su íntimo pensamiento es que sus casas serán eternas, y sus habitaciones para generación y generación; [...] mas el hombre no permanecerá en honra; es semejante a las bestias que perecen. Este su camino es locura; con todo, sus descendientes se complacen en el dicho de ellos. COMO A REBAÑOS QUE SON CONDUCIDOS AL SEOL [al sepulcro], la muerte los pastoreará, y los rectos se enseñorearán de ellos por la mañana; se consumirá su buen parecer, y el Seol será su morada. Pero Dios redimirá mi vida del poder del Seol, porque él me tomará consigo. No temas cuando se enriquece alguno, cuando aumenta la gloria de su casa; porque cuando muera no llevará nada, ni descenderá tras él su gloria. Aunque mientras viva, llame dichosa a su alma, y sea loado cuando prospere, entrará en la generación de sus padres, y nunca más verá la luz. El hombre que está en honra, y no entiende, SEMEJANTE ES A LAS BESTIAS QUE PERECEN". (Salmos 49:6-20)

Esto es razonable. Sería irrazonable pedir cuenta individual a los seres embrutecidos del género humano. El juicio se basa en la responsabilidad, y la responsabilidad es un asunto de circunstancias y capacidad. Los seres humanos en estado de barbarismo pueden tener la capacidad latente para ser responsables; pero esto no los hace responsables por la sencilla razón de que la responsabilidad es sólo latente. El verdadero estado de la mente en que se basa la responsabilidad no existe en ellos. Este es el caso de los niños. Poseen razón y capacidad moral latentes, pero debido a que estas cualidades no están desarrolladas, por ley universal no son tenidos por responsables en los asuntos humanos. ¿Acaso Dios es menos justo que los hombres?

La responsabilidad humana ante Dios surge fundamentalmente de la capacidad humana para discernir el bien y el mal, y el poder para actuar con discernimiento. Las bestias no son responsables ni ante el hombre ni ante Dios, porque carecen del poder para discriminar o elegir. Actúan bajo el poder del impulso ciego. Los retardados mentales están en la misma categoría de seres sin responsabilidad debido a su incapacidad, y muchos hombres, aun sin ser retardados mentales, son sólo levemente superiores a ellos con respecto a su poder de actuar por elección racional.

La naturaleza y extensión de la responsabilidad humana para una futura rendición de cuentas, sólo puede ser percibida a partir de las relaciones que subsisten entre Dios y el hombre, según se declara en la historia que se nos presenta en las Escrituras. Aparte de esto, todo es especulación, teoría e incertidumbre. La filosofía está equivocada porque no toma en cuenta el relato bíblico. Pero si se acepta dicho relato, entonces todo es sencillo y comprensible. El progenitor de la raza fue hecho responsable de las consecuencias del ejercicio de su libre albedrío en un asunto determinado. Se produjo una desobediencia y la ley entró en vigor: Adán y toda su posteridad quedaron bajo el poder de la ley del pecado y la muerte, la que estaba destinada a arrasar con ellos como la hierba de la tierra. Si Dios se hubiese propuesto no tener más tratos con la raza, la responsabilidad humana habría terminado ahí. El castigo del sepulcro habría saldado la cuenta; y la vida humana, si en verdad hubiera continuado sobre la faz de la tierra en ausencia de la intervención divina, habría sido la invariable historia de dolor que es la experiencia de todos los que están "sin esperanza y sin Dios en el mundo", una vida libre de responsabilidad, quizás, pero sin el alivio de las revelaciones y esperanzas con las cuales la aurora de lo alto ha visitado e iluminado este lugar de tinieblas.

Pero, en su gran misericordia, Jehová concibió intenciones de benevolencia que él está desarrollando a su propia y sabia manera. El no suspendió el castigo del culpable sentenciado en forma inmediata, sumaria e incondicional, precipitada y desatinada, como los miopes filósofos insisten en que la bondad divina debería haberle impulsado a hacer. Esto habría significado violar aquellos primordiales principios de la ley que guían todas las acciones de Dios en "naturaleza" y en "gracia" y preservan las condiciones de armonía en todo el universo. Habría significado realizar una obra no de misericordia, sino de destrucción, confusión y anarquía. El método de benevolencia concebido en la mente divina tenía por objeto beneficiar al hombre en conformidad con la ley que lo había constituido en un pecador sujeto a la muerte, una ley que implica tanto la "¡gloria a Dios en las alturas!" así como la "¡buena voluntad para con los hombres!".

Esta intención necesitaba aquellas sucesivas demostraciones de su voluntad, que el mundo ha presenciado en tiempos pasados, y que han rescatado tanto la existencia como la responsabilidad humana del insondable abismo al cual la ley del Edén los consignó. La manifestación de su propósito en promesa y predicción, y la declaración de su ley en precepto y estatuto, volvieron a abrir las relaciones entre Dios y el hombre, y revivió la responsabilidad moral que de otro modo habría perecido. Sin embargo, es un principio divino que este resultado esté limitado a aquellos que están incluidos en la esfera real de acciones:

"Donde no hay ley, tampoco hay transgresión". (Romanos 4:15)

"Si fuerais ciegos [es decir, ignorantes], no tendríais pecado". (Juan 9:41)

"Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia.". (Hechos 17:30)

"El hombre que está en honra y no entiende, SEMEJANTE ES A LAS BESTIAS QUE PERECEN". (Salmos 49:20)

"Esta es [la razón de] la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz". (Juan 3:19)

De ahí que, en ausencia de la luz--es decir, cuando los hombres están en un estado de ignorancia--no están sujetos a condenación; Dios "pasa por alto" sus acciones (Hechos 17:30), tal como pasa por alto las acciones de los animales irracionales del campo. Las naciones paganas están en esta condición. Están sin luz y sin ley, y la declaración de Pablo sobre el tema está en armonía con los principios generales enunciados en las Escrituras citadas: "Todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán". (Romanos 2:12) Si de todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le requerirá (Lucas 12:48), entonces se desprende que de aquel a quien no se le haya dado nada, nada se requerirá, y que de aquel a quien se le haya dado poco, poco se le requerirá en todos los aspectos que caen bajo la jurisdicción del juicio.

Este principio de absoluta equidad en materia de responsabilidad está expresado en las palabras de Jesús: "Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado". (Juan 15:22) "Aquel siervo que conociendo la voluntad de su Señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco". (Lucas 12:47-48) "El que me RECHAZA, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue: la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero". (Juan 12:48)

El funcionamiento de estos principios se halla ilustrado en la historia de la experiencia humana. Desde Adán hasta Noé, hubo poca luz. La promesa de una simiente, por la línea de la mujer, que aplastaría al principio serpentino de la desobediencia y sus resultados, era casi la única estrella que brillaba en las tinieblas de esos siglos. Vislumbres proféticos acerca de la venidera intervención en su forma final, tales como aquellas concesiones a Enoc (Judas 14), y los preceptos de Noé, el predicador de justicia, por cuyo medio el Espíritu Ungidor promulgó los principios divinos a aquellos que eran desobedientes (1 Pedro 3:18-20), aumentaron un poco la luz de aquellos siglos, pero, aparentemente, no más de lo suficiente para conferir un derecho a la resurrección a aquellos que los obedecían por fe. Hasta donde tenemos información, pocos llegaron a ser responsables de merecer una resurrección a condenación en los tiempos anteriores a Noé. La iniquidad humana, que culminó en la corrupción universal, fue castigada con la casi total destrucción de las especies por medio de un diluvio, el cual puede considerarse que fue una conclusión de todas las cuestiones judiciales que surgieron del período precedente, en lo que a la condenación concierne, y, por consiguiente, una exclusión de la resurrección a juicio para aquellos que pertenecían a aquella generación.

Sin embargo, en relación con este punto, no puede adoptarse una posición definitiva. En vista de que la resurrección a vida ocurrirá en varios casos que pertenecen a esa dispensación, no es improbable que la resurrección a condenación pueda ocurrir también en aquellos que estuvieron perversamente relacionados con aquello que dio a los demás su destrucción, incluyendo a la clase de personas especificadas en la profecía de Enoc: "los impíos", que fueron culpables de "obras de impiedad" y "las palabras ofensivas" (Judas 15 - NVI) contra Jehová, y quienes, por lo tanto, deben haber poseído el grado de conocimiento necesario para constituir una base de responsabilidad. Esto debe considerarse como una cuestión aún por resolver, no porque el principio sobre el cual se administrará el juicio sea oscuro, sino porque no tenemos suficiente información en cuanto a los hechos de aquella dispensación que nos permita aplicar con exactitud este principio.

El principio mismo, de que la responsabilidad hacia Dios sólo se adquiere por medio del contacto con la ley divina de una manera tangible y autorizada, se aplica a toda forma de relación humana con el Todopoderoso. La familia inmediata de Noé estaba dentro de la esfera del conocimiento de Dios, y de ahí puede surgir su responsabilidad ante el juicio futuro; pero sus descendientes se apartaron del camino de la justicia y el entendimiento, hundiéndose más abajo de la responsabilidad moral, degenerando hasta el nivel de las bestias, y estableciendo por todo el mundo aquellos "tiempos de ignorancia", los cuales, según lo expresado por Pablo, Dios había "pasado por alto". (Hechos 17:30)

En el llamamiento de Abraham, miembro de una familia idólatra, pero que poseía la disposición latente para ser fiel, Dios detuvo la tendencia a repetir la corrupción universal de los tiempos antediluvianos. Por medio de su elección, y por medio de conferirle a Abraham promesas que tenían relación fundamental con la totalidad de la raza, se plantó entre los hombres el germen de una responsabilidad más directa. Abraham individualmente, aunque fue constituido un hombre de privilegio, también se le constituyó como un hombre de responsabilidad. Mientras permanecía en la ignorancia, Abram, el idólatra, pertenecía a sí mismo--dueño de vivir, como un insecto efímero--y dueño de morir y desaparecer como el vapor. Pero al ser llamado por Dios, Abraham ya no pertenecía a sí mismo, sino que había sido comprado con el precio de la promesa de Dios. Entró a una forma más elevada de existencia. Fue exaltado a un destino superior y se le impusieron obligaciones divinas, que desconocía en su condición anterior. El éxito o fracaso en el ordenamiento de su vida llegó a ser de mucho mayor trascendencia que antes. La fe y la obediencia lo constituirían heredero del mundo y merecedor de resurrección a inmortalidad; la incredulidad lo expondría a un desagrado divino más severo y de mayor alcance que el que cayó sobre Adán.

En este respecto, los hijos de Abraham por fe, es decir, aquellos que caminan en los pasos de la fe que Abraham tenía cuando aún era incircunciso (Romanos 4:12), quienes, siendo de Cristo, son de la simiente de Abraham (Gal. 3:29) por haber creído en el evangelio y haberse bautizado en Cristo, son como su padre. Siendo por naturaleza hijos de la ira, así como los demás, estuvieron en los días de su ignorancia "sin esperanza y sin Dios en el mundo", y "ajenos a los pactos de la promesa" (Efesios 12:12), "ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay" (Efesios 4:18), vivieron sin ley y estuvieron destinados, como consecuencia de esa condición, a perecer sin ley en Adán, heredando la muerte sin resurrección, muerte sin remedio; sin tener ni los privilegios ni las responsabilidades de una relación con la Deidad.

Pero cuando son llamados de las tinieblas a luz, por medio de la predicación del evangelio, ya sea que se sometan a ese evangelio o rehúsen someterse, ya no son dueños de sí mismos. Ya no viven ni mueren para sí como antes. Han entrado a una relación especial con Dios en la cual su forma de vida, buena o mala, queda bajo la supervisión divina y forma la base de una futura responsabilidad, que no conocían en su estado de tinieblas, el cual Dios pasó por alto.

La ley de la fe establecida por las promesas hechas a Abraham constituían un centro alrededor del cual se desarrollaron las responsabilidades de esta descripción. Todos los que adquirían la fe de Abraham quedaban sujetos a las responsabilidades que asumió Abraham. Sin duda, muchos entraron a esta condición en el transcurso de la era mosaica. La ley se añadió debido a las transgresiones (Gálatas 3:19), y el propósito de su inclusión se indica en el hecho de que se le denomina un ayo. Su misión fue enseñar las primeras lecciones acerca de la supremacía y santidad de Jehová. No tenía por objeto ser un sistema por cuyo medio los hombres adquiriesen liberación de la servidumbre adánica. Su propósito fue puramente preliminar y provisorio; tenía relación con ese resultado en su objetivo final, pero no estaba destinada directamente a desarrollarla..

Pablo hizo el siguiente comentario sobre esto: "Si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley". (Gálatas 3:21) Era imposible que la vida viniera por una ley que requería infalibilidad moral de parte de la naturaleza humana. Por esta razón la ley, aunque santa, justa y buena (Romanos 7:12), era "débil por la carne" (Romanos 8:3), y, aunque " era para vida", por esta razón a Pablo le "resultó para muerte" (versículo 10). La consecuencia fue que "todo el mundo [quedó] bajo el juicio de Dios"; y en esa relación moral con Dios, quedaron impedidos de vanagloriarse, es decir, no podían aspirar a la vida eterna sobre una base que les dejara en libertad de pensar y decir que su vida era suya por derecho propio y no de Dios. Considerado en perspectiva, este fue un poderoso triunfo de la sabiduría y divina; porque si la existencia inmortal se pudiera alcanzar por un derecho propio, se habría dado motivo para la admisión de un elemento en las relaciones entre Dios y el hombre que habría perturbado la perfecta armonía que existe donde Dios es absolutamente supremo, tanto en ley como en benevolencia, y el hombre se halla en la situación de un leño salvado de la hoguera por el amor divino.

La ley de la justicia por medio de la fe es el principio sobre cuya base se salvan los hombres; es decir, la justicia salvadora es reconocida o tomada en cuenta por Dios cuando se le honra por medio de la fe en lo que él ha prometido. Esta ley se puso en vigor con Abraham. En realidad, tuvo su origen en Edén, porque leemos de Abel que por fe ("la certeza de lo que se espera") ofreció un sacrificio aceptable. (Hebreos 11:4) La predicción acerca de la simiente de la mujer que destruiría a la serpiente formó un pivote sobre el cual la fe podía obrar aun entonces, y sin duda era el fundamento de la fe que salvó a Abel, Enoc y Noé; pero en el caso de Abraham ocurrió una revelación completa y oficial de la ley de la fe como regla de salvación. Esta ley fue la base de la responsabilidad como requisito para resucitar.

La ley mosaica era nacional. Sus recompensas y castigos se limitaban a las condiciones de la vida mortal. No contemplaba la posibilidad de otra vida más allá del término natural de la existencia humana. En sus formas y observancias ceremoniales, simbolizaba la verdad referente a Cristo y su misión, pero en su efecto inmediato sobre la nación, no promovía ningún propósito espiritual más allá de la insistencia continua en la lección orientadora acerca de la supremacía y grandeza de Jehová. En esto, sin embargo, la ley de Moisés estableció la más grande de los primeros principios, y puso un fundamento sobre el cual la ley abrahámica de la fe podía efectuar su obra perfecta.

De la ley, como código nacional, no parece que haya surgido la enseñanza de que la responsabilidad es un requisito para resucitar. No obstante, juntamente con su jurisdicción, es evidente que estaba en vigor una dispensación de la mente de Dios, que tenía relación con la resurrección. Indudablemente esto estaba subordinado, y ocupaba el lugar de un tema oculto; pero su existencia es indiscutible, de otro modo, ¿cómo podrán "Abraham, Isaac y Jacob, y todos los profetas" aparecer en el reino de Dios? Si se reconoce que desde el principio, el propósito de Dios tenía relación con la misión de Cristo como "la resurrección y la vida", no habrá dificultad en comprender esta conclusión. Talvez en forma oscura, pero evidentemente real, la responsabilidad como requisito para resucitar estaba contemplada en todo lo que Jehová hizo por medio de sus siervos, desde el justo Abel hasta el fiel Pablo. Jesús nos ha mostrado que la forma misma en que la Deidad se designa al conversar con Moisés en la zarza, aunque aparentemente utilizada para el simple propósito de identificación histórica, expresa la doctrina de la resurrección, por lo menos en lo que se refiere a Abraham, Isaac y Jacob (Lucas 20:37, 38). Dios se llamó a sí mismo Dios de hombres que estaban muertos; por lo tanto, razonó Jesús (y en forma convincente, pues los saduceos quedaron callados), él se propone levantarlos de entre los muertos.

Si tan grandiosa conclusión puede sacarse justificadamente de un fundamento aparentemente tan débil, ¿cuántas cosas no podríamos inferir legítimamente de la promesa que se hizo a los tres patriarcas acerca de un país que nunca poseyeron y la certeza de la bendición universal del género humano por medio de ellos, que hasta ahora no se ha cumplido? ¿Qué otra cosa sino la conclusión afirmada por Pablo de que "conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido", y por lo tanto, deben resucitar de entre los muertos para cumplirlas? Teniendo presente este argumento general, es fácil reconocer la responsabilidad como requisito para resucitar en muchas expresiones que sólo un método forzado de explicación podría limitar al juicio que tiene lugar durante la limitada experiencia de la vida actual. (Salmos 37, todo el capítulo; Salmos 58:10-11 y 62:12; Proverbios 11:18-31; Eclesiastés 3:17, 11:9 y 12:14; Isaías 3:10-11, 26:19-21, 35:4, 66:4, 5, 14; Malaquías 3:16-18, 4:1-3, etc.)

La responsabilidad de los judíos era mayor que la de los desechados descendientes de la rechazada criatura del Edén, porque su relación con la Deidad era especial, directa y privilegiada. La responsabilidad que se originaba en su constitución natural fue suplida con las obligaciones impuestas por la elección divina y como resultado del pacto nacional contraído en el Sinaí, según el cual convinieron en ser obedientes a todo lo que Dios requiriera. (Éxodo 24:3, 7) Esto queda de manifiesto en las palabras que Jehová expresó por medio de Amós: "A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; POR TANTO, os castigaré por todas vuestras maldades". (Amós 3:2) Los sufrimientos nacionales de los judíos, en dispersión y privación, son evidentemente (tanto a la luz del testimonio como según una consideración de las exigencias morales del caso) una consecuencia de la responsabilidad que surge de la elección nacional.

Una responsabilidad que oscilaba entre la de los judíos y la de las naciones gentiles periféricas, les fue impuesta a aquellas naciones que estaban en contacto con el pueblo judío. Esto es evidente en muchos escritos de los profetas. Tomemos, por ejemplo, las palabras dirigidas al rey de Tiro:

"En Edén, en el huerto de Dios estuviste [...]; yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas [...]. Por cuanto dijo Tiro contra Jerusalén: Ea, bien; quebrantada está la que era puerta de las naciones; a mí se volvió; yo seré llena, y ella desierta; por tanto, así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo estoy contra ti, oh Tiro, y haré subir contra ti muchas naciones, como el mar hace subir sus olas". (Ezequiel 28:13-14; 26:2-3)

Consideremos también palabras similares dirigidas a Amón, Moab, Edom y Filistea:

A AMON: "Por cuanto dijiste: ¡EA, BIEN! cuando mi santuario era profanado, y la tierra de Israel era asolada, y llevada en cautiverio la casa de Judá; por tanto, he aquí yo te entrego por heredad a los orientales". (Ezequiel 25:3-4)

A MOAB: "Por cuanto dijo Moab y Seir: ¡He aquí la casa de Judá es como todas las naciones; por tanto [...] en Moab haré juicios". (Ezequiel 25:8, 11)

A EDOM: "Por lo que hizo Edom, tomando venganza de la casa de Judá, pues delinquieron en extremo, y se vengaron de ellos; por tanto, así ha dicho Jehová el Señor: Yo también extenderé mi mano sobre Edom, y cortaré de ella hombres y bestias, y la asolaré". (Ezequiel 25:12-13)

A los FILISTEOS: "Por lo que hicieron los filisteos con venganza, cuando se vengaron con despecho de ánimo, destruyendo por antiguas enemistades; por tanto, así ha dicho Jehová: He aquí yo extiendo mi mano contra los filisteos". (Ezequiel 25:15-16)


En estos casos, no parece que Dios piense administrar juicio individual por medio de la resurrección de los muertos. Se requiere un elevado grado de conocimiento de la voluntad divina antes de que eso se pueda hacer en justicia. La mayoría del género humano, especialmente en épocas rudas y bárbaras que requerían lecciones instructivas de la ley mosaica, estaba en circunstancias de total ignorancia. Nacidos bajo condenación en Adán y dejados a la merced de los pobres recursos de la mente natural, que en toda su historia jamás han originado nada noble aparte de las ideas inculcadas por "revelación", ellos estaban tan incapacitados para elevarse por sobre el nivel espiritual en que se hallaban como cualquier manada de animales. Qué justo y misericordioso fue, pues, de parte de la Deidad haber "pasado por alto los tiempos de esta ignorancia" (Hechos 17:30), lo cual los separó de la vida de Dios (Efesios 4:18), y permitió que la carne, bajo tales circunstancias, muriese como la flor del campo cuyo lugar no se conocería más. (Salmos 103:15-16)

En la suposición de que todo ser humano fuese un alma inmortal, semejante línea de acción quedaría, por supuesto, excluida, y las circunstancias de las primeras "dispensaciones" serían del todo inexplicables. En tiempos de la antigüedad un alma inmortal valdría tanto como ahora; y si fuese sabio y bondadoso salvar almas inmortales ahora, parecería una extraña falta de sabiduría y caridad en el sistema, que en aquellas primeras edades se pusiera la salvación fuera de su alcance, haciendo inevitable su condenación al fuego del infierno por la falta de aquellos medios de conocimiento que están accesibles en nuestros días.

Si para salir de esta dificultad se sugiere que al hombre, en semejante aprieto, se le permite misericordiosamente entrar en el cielo, nos vemos de inmediato forzados a poner en tela de juicio el valor de nuestros propios privilegios; más aún, a poner en duda la sabiduría del evangelio, que, según tal teoría, no sólo no es necesario para la salvación sino que es un verdadero impedimento para alcanzarla; ya que debido a sus exigencias pone en peligro una salvación que, al suprimir el conocimiento del evangelio, la tendríamos segura. También nos veríamos forzados a negar el testimonio de las Escrituras, que dicen que el hombre que no tiene entendimiento es como las bestias que perecen y que la vida y la inmortalidad han sido sacadas a luz por Cristo por medio del evangelio.

Pero ahora no estamos tratando con la monstruosa ficción de la cristiandad. Dejemos de lado la inmortalidad del alma y aboquémonos al tema del juicio, a la luz del hecho de que el género humano está pereciendo bajo la ley del pecado y la muerte, y, en Adán, no tiene más relación con un estado futuro que el de la decadente vegetación que año tras año ahoga al bosque y muere con el invierno. Nuestro afán es entender, a la luz de la razón y el testimonio de la Escritura, los variados grados de responsabilidad creados por los tratos del Todopoderoso con una raza ya exiliada de la vida y la gracia bajo la ley de Edén.

Hemos visto que la responsabilidad como requisito para resucitar estaba limitada a aquellos que habían sido instruidos en la palabra del Dios de Israel. Las promesas y preceptos conferían privilegios e imponían responsabilidades en conexión con la resurrección. Formaban la base para aquel despertar del polvo a vida eterna, o a vergüenza y desprecio perpetuo, según se predijo a Daniel y se implica en muchas partes de los escritos de Job, David y Salomón. Cuál es el alcance de su campo de acción, no nos es posible ni importante determinar. La ley de la responsabilidad como requisito para resucitar funciona con mucho más intensidad en nuestros propios días, y es la relación de esta ley con nosotros mismos lo que estamos más especialmente interesados en dilucidar

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Le correspondió a aquel que se proclamó a sí mismo como la "resurrección y la vida" definir claramente la relación entre el juicio y el grandioso plan del cual él era el eje y el instrumento. Él aparece ante nosotros como la solución a la gran dificultad que debe haber obsesionado la mente de los hombres fieles de la antigüedad en relación con la declaración de que "al justo y al impío juzgará Dios". (Eclesiastés 3:17) Él exhibe en sí mismo el método por el cual el arbitraje de la inaccesible e inmensurable Deidad juzgará al hombre mortal y finito. "La Palabra hecha carne" se proclama a sí misma como el instrumento y vehículo del juicio divino. Nos dice que "el Padre... TODO EL JUICIO dio al Hijo" (Juan 5:22), y como nadie puede venir al Padre sino por el Hijo, así también nadie será juzgado por el Padre sino a la luz de la palabra que obra por medio del Hijo. (Juan 12:48)

Es sumamente importante que este hecho sea claramente reconocido, porque es parte de la verdad acerca de Jesús, que forma una característica prominente en la proclamación del evangelio. Esto es evidente por los siguientes testimonios: primero, aquel en el cual Pablo incluye la doctrina del juicio eterno (aionion) entre los principios básicos (Hechos 6:11); segundo, la declaración de Pedro: "Y nos mandó QUE PREDICASEMOS AL PUEBLO, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por JUEZ DE VIVOS Y MUERTOS" (Hechos 10:42); tercero, la declaración de Pablo de que hay un "día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio [el evangelio de Pablo]". (Romanos 2:16) Estas evidencias generales están reforzados por los siguientes testimonios, que presentamos en detalle, por motivo de la importancia de las creencias claras y bíblicas sobre el tema:

"El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero". (Juan 12:48)

"Todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados". (Romanos 2:12)

"La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará". (1 Corintios 3:13)

El " Padre [...] sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno". (1 Pedro 1:17)

"...el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios: el cual pagará a cada uno conforme a sus obras [...] en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres". (Romanos 2:5, 6, 16)

"Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo [...] [y] cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí". (Romanos 14:10, 12)

"No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo

oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones". (1 Corintios 4:5)

"Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo". (2 Corintios 5:10)

El " Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino". (2 Timoteo 4:1)

"Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto [es decir, cuando el estado de muerte termine en la resurrección], el juicio". (Hebreos 9:27)

"Darán cuenta al que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos". (1 Pedro 4:5)

"Para que tengamos confianza en el día del juicio". (1 Juan 4:17)

"El tiempo de juzgar a los muertos". (Apocalipsis 11:18)


De este modo, la afirmación de que el juicio es uno de los privilegios y funciones del Mesías está basada en un fundamento bíblico muy sólido, no tan sólo como un hecho sino como una parte esencial de la verdad que está en Jesús. Es evidente la importancia de este hecho en conexión con la misión del Mesías, según se relaciona con nuestra dispensación en particular. Pablo define esta misión brevemente como "purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras" (Tito 2:14), y Santiago dice: "... para tomar de ellos pueblo para su nombre". (Hechos 15:14) El modo de llevar a cabo esta obra es la predicación del evangelio. Una invitación ha salido a los extremos de la tierra, para los habitantes de cualquier "linaje y lengua y pueblo y nación" (Apocalipsis 5:9), para que se hagan siervos del Mesías y herederos del reino que Dios ha prometido a aquellos que le aman.

Durante todo el período de los tiempos de los gentiles el número de quienes han respondido a su llamado es considerable; pero no todos los que así son llamados son también escogidos (Mateo 22:14), porque muchos de los que aceptan la palabra predicada no son influenciados por ella al grado de presentar sus cuerpos "en sacrificio vivo, santo, agradable". (Romanos 12:1) Como en el caso de los israelitas en tiempos de Moisés, "no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron". (Hebreos 4:2). Como el suelo era malo, la semilla no produjo resultado alguno de importancia. La red del reino (Mateo 13:47), sumergida (por medio de la predicación) en el océano de "pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas", recoge peces malos así como buenos. La promulgación del evangelio produce no solamente siervos sino también rechazadores, y no sólo siervos fieles sino también infieles.

No sólo eso, sino que además hay diferentes grados de mérito entre aquellos que son fieles. Algunos siembran abundantemente, otros escasamente. Algunos producen fruto a treinta, y otros a ciento. Ninguno puede valorar los grados. Ninguno de los siervos puede decir: "Este será estimado mucho, y aquel poco, y el otro nada". En este asunto, se les mandó "no juzguéis" (Mateo 7:1), y en verdad no pueden hacerlo; sin embargo, si son propensos a la censura, pueden intentarlo y pecar. Existen secretos ocultos (buenos y malignos) que se tienen que conocer con más exactitud antes de que se pueda emitir un juicio justo. "El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón". (1 Samuel 16:7)

Aquí, pues, está una gran comunidad compuesta de vivos y muertos, cada miembro vinculado con los demás por el más íntimo de los lazos, y sin embargo cada uno sosteniendo una problemática relación con la meta en la cual ha fijado su corazón: la obtención de la inmortalidad y heredar el reino de Dios; cada uno con derecho a la bendición prometida, en relación con el juicio de los demás, y sin embargo cada uno de tal manera relacionado con Dios que la infidelidad traerá su condenación, aunque reciba la aprobación de todos sus compañeros.

¿Cuándo y por qué medio se ajustará esta interminable variedad de casos? ¿Cuándo y cómo habrá un ajuste de la cuenta aún abierta entre la Deidad y sus siervos, todo lo cual es para el hombre totalmente complicado e incomprensible? ¿Ha considerado Dios por qué medio se llevará a cabo esta tarea sobrehumana, tomando en cuenta esta graduación del bien y el mal en la infinita diversidad de millones de "vivos y muertos"? ¿Y cómo se determinarán los diminutos matices de mérito y desmerecimiento que tienen los responsables, vivos y muertos, de cien generaciones? ¿Y cómo se efectuará la recompensa, en justa proporción, de las desconocidas y olvidadas acciones de constancia y misericordia? ¿Y cómo se sacarán a luz y se castigarán los malos pensamientos, la mala intención oculta, el lenguaje ofensivo y las acciones secretas? ¿Ha hecho Dios arreglos para semejante escrutinio de los asuntos de su pueblo, que den como resultado la separación del mal y el bien, el galardón a los justos y el castigo a los inicuos?

La respuesta que algunas veces se ha dado a esta pregunta es cierta con respecto al hecho sobre el cual se basa, pero equivocada en la interpretación de ese hecho. Se dice que "conoce el Señor a los que son suyos", y que por lo tanto no hay necesidad de juicio; que Dios "discierne los pensamientos y las intenciones del corazón", y que Jesús "no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre". Esto es cierto, y marca la diferencia entre el "tribunal de Cristo" y un tribunal humano que lleva a cabo una investigación para cerciorarse de los hechos. Pero cuando se llega a esta verdad, que pretende desplazar la necesidad de juzgar a los vivos y a los muertos, ésta se aplica con un resultado ilógico y pernicioso. Es ilógico porque de ninguna manera implica que las percepciones omniscientes de la Deidad no van a tener expresión oficial, especialmente cuando, como en este caso, tales percepciones afectan la condición de los comparecientes, y determinan su destino sobre la base de tales expresiones.

En todos los tratos entre el hombre y Dios, éste se acomoda invariablemente a las necesidades y al discernimiento finito del hombre. ¿Por qué permitió Jehová que una generación infiel de israelitas escapara de Egipto bajo la dirección de Moisés y pasara por las experiencias milagrosas del desierto, para posteriormente condenarlos, en vez de actuar según su conocimiento y destruirlos sumariamente en una noche, como a los asirios, sin aviso ni explicación? Porque estaba ansioso de comunicar al entendimiento humano los métodos de su procedimiento moral, lo que únicamente podía hacer actuando según los métodos y procesos humanos. ¿Por qué permitió que Coré, Datán y Abiram permanecieran en el campamento por algún tiempo y perturbaran a la congregación intentando una rebelión contra Moisés y Aarón, en vez de actuar según su omnisciencia y desarraigarlos al comienzo de su peregrinación, y de este modo evitar a la nación los disturbios? Porque semejante procedimiento, en vez de ilustrar y justificar al hombre los caminos de Dios, los habría envuelto en el misterio, y les habría dado apariencia de capricho e injusticia.

¿Por qué tuvo Jehová tanta paciencia con los judíos y su obstinación, sabiendo de antemano que finalmente rechazarían a todos sus mensajeros y a su propio Hijo? ¿Por qué Jesús, que discernía los espíritus, toleró a Judas hasta que éste demostró su culpabilidad traicionando a su Maestro? ¿Por qué permitió el Espíritu que Ananías y Safira llegaran a la presencia de los apóstoles y pasaran por la formalidad de oír su propia condenación, antes de que su engaño fuese castigado con la muerte? En realidad, ¿por qué ocurren las cosas de la manera en que ocurren? ¿Por qué la Deidad no organizó el sistema terrenal de tal manera que la obediencia y no la desobediencia hubiese sido la ley? Toda la historia del procedimiento divino, en relación con los asuntos humanos, muestra que nunca la divina omnisciencia se ha permitido, ni por un momento, impedir o alterar el desarrollo natural de los acontecimientos, sino más bien establece y pone en vigor la ley por la cual todo tiene su curso completo y lógico hasta alcanzar la consecuencia final.

Decir que porque Dios distingue a los justos de los inicuos, no los someterá a la formalidad de un juicio, es razonar contra toda actuación de la Deidad según se consigna en la Biblia. Es cierto que la Deidad sabe; pero ¿no es necesario que los justos y los inicuos también sepan? ¿Cómo sabrán los justos que han sido aprobados, y los inicuos condenados, y que Dios es justificado ante ellos, si él no declara públicamente lo que sabe?

La idea de que no habrá juicio formal es también perniciosa porque implica el rechazo de una de las creencias que se definen como los principios básicos de las doctrinas de Cristo. Hemos citado suficiente testimonio para mostrar que la doctrina del juicio de vivos y muertos que efectuará Cristo es una parte esencial de la proclamación de su evangelio. Afirmamos además, basados en la solidez de las consideraciones ya mencionadas, que, considerándolo desde un punto de vista lógico, el juicio es una parte natural y necesaria de las buenas nuevas. Una de las mejores fuentes de consuelo que provee la verdad, es el conocimiento de que los pleitos, malentendidos e injusticias de la actual mala administración de las cosas están destinados, en el propósito de Dios, a presentarse ante un tribunal infalible, en el cual todo hombre tendrá elogio o condenación, conforme a lo que se revele acerca de él.

Es motivo de regocijo saber que entre el actual estado corrupto de las cosas y la perfección del reino de Dios hay una prueba muy difícil que no permitirá la entrada de "ninguna cosa inmunda", lo que, como el fuego, someterá prueba la obra de todo hombre, y diluirá, por medio de un proceso de purificación, la multitud de aquellos que no hacen más que decir "¡Señor, Señor!". Es reconfortante saber que entonces el sufrimiento injusto será vindicado, la fidelidad secreta será abiertamente reconocida, el valor desestimado será reconocido, y las acciones malvadas, impunes, insospechadas y desconocidas serán dadas a conocer para su abominación, en presencia de tan augusta asamblea como la de los ángeles, presidida por el León de la tribu de Judá. Esto es parte de las buenas nuevas relacionadas con Jesucristo.

En estas observaciones asumimos que el objeto y efecto del juicio es darle a todo hombre que sea juzgado lo que merece, de acuerdo con sus obras, YA SEAN BUENAS O MALAS. Esto es evidente por el testimonio citado para demostrar que el juicio será ejecutado por el Hijo del Hombre a su venida. Sobre este punto añadiremos a continuación más evidencia específica:

"Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor [...] y entonces les declararé: Nunca os conocí; APARTAOS DE MÍ, hacedores de maldad". (Mateo 7:22-23)

"Mas yo os digo que de toda palabra ociosa [maligna] que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio". (Mateo 12:36)

"Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras". (Mateo 16:27)

"Cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí". (Romanos 14:12)

"Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará". (Mateo 3:12)

"He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra". (Apocalipsis 22:12)

"Porque él pagará al hombre según su obra, y le retribuirá conforme a su camino". (Job 34:11)

"¿Acaso no lo entenderá el que pesa los corazones? El que mira por tu alma, él lo conocerá, y dará al hombre según sus obras". (Proverbios 24:12; véase también Salmos 62:12)

"Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras". (Jeremías 17:10)

Otra importante evidencia de la conclusión a la cual nos conducen estos testimonios, se halla en las parábolas de Cristo, en muchas de las cuales éste ilustra la relación entre él y sus siervos en conexión con su partida de la tierra. En todas ellas Jesús afirma que a su regreso "les pedirá cuenta" y los tratará de acuerdo con sus méritos individuales. De este modo, en la parábola del hombre noble, "Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, PARA SABER LO QUE HABIA NEGOCIADO CADA UNO" (Lucas 19:15), y los dos primeros hombres son recompensados con autoridad sobre diez y cinco ciudades, respectivamente, mientras un tercero es condenado. En la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30), que es similar en sus objetivos principales, se mencionan tres siervos que sin duda representan las varias clases de personas, que en su mayor parte están constituidas por los discípulos profesos de Cristo. El primero da cuenta satisfactoria de sí mismo, habiendo aumentado los cinco talentos a diez. El segundo ha convertido dos talentos en cuatro, y también recibe reconocimiento meritorio. El tercero que, aunque menos privilegiado, pudo haber actuado igualmente bien si hubiese convertido su único talento en dos, justifica su indolencia con el pretexto de que temía a un servicio donde se esperaba más de lo que se le había dado. Este hombre, que representa a los infieles, es rechazado. El decreto es: "Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos [...] al SIERVO INUTIL echadle en las tinieblas de afuera". (Mateo 25:28-30) En ambas parábolas el siervo inútil figura en el juicio a la casa del Rey, a su venida, junto con los aprobados.

En Mateo 22:1-14, tenemos otra parábola que presenta la misma característica. Cierto rey envió invitaciones a la boda de su hijo, pero las personas invitadas formularon diversas excusas para no asistir. Entonces el rey ordenó que se invitara a todas aquellas personas a quienes sus siervos hallasen en los caminos, y éstos ejecutaron las órdenes y "juntaron a todos los que se hallaron, juntamente malos y buenos". Entonces el rey entró a ver a los invitados, y "vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda" y ordenó que fuese atado de pies y manos y echado afuera. Esto muestra que el juicio que Jesús llevará a cabo en el momento de rendir cuentas tiene el efecto práctico de que se "apartarán a los malos de entre los justos". En el mismo sentido está la parábola de la red, cuya explicación está en las palabras destacadas en cursiva: "Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera". (Mateo 13:47-48) También la siguiente: El Hijo del Hombre es como un "hombre que yéndose lejos, dejó su casa y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase. Velad, pues [...] para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo". (Marcos 13:34-36)

Además: "Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese [...]. Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando [...]. Mas si aquel siervo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; y comenzare a golpear a los criados y a las criadas, y a comer y beber y embriagarse, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y le castigará duramente; y le pondrá con los infieles". (Lucas 12:35, 45, 46) La parábola de las diez vírgenes refuerza la misma enseñanza, es decir, que la porción indigna de sus siervos será pública y oficialmente rechazada en la ocasión en que los demás serán reconocidos.

Esto está en armonía con el sentido común y con los numerosos testimonios ya citados de los escritos apostólicos. Muchos son llamados, pero sólo pocos de esos muchos son "escogidos". ¿Cuándo debe efectuarse la elección de los escogidos sino al tiempo representado en estas parábolas, cuando venga "el señor de aquellos siervos" para establecer la situación sobre cuya base se ha de hacer la elección? (Mateo 25:19)? El presente no es el momento para separar a los malvados de los justos. Ambos irán al sepulcro y "juntamente descansarán en el polvo", y sus méritos y desmerecimientos dormirían para siempre con ellos en el silencio de la tumba, si no fuera por la voz despertadora que llamará al justo y al injusto, en el momento preciso, de entre el olvido del Hades para rendir cuentas ante el tribunal de Cristo. Todavía no es el tiempo para que Jesús ejecute el juicio. Él es sacerdote sobre su propia casa. La gran cuestión de la rendición de cuentas queda pendiente hasta que él regrese. "Juzgará a los vivos y a los muertos EN SU MANIFESTACION Y EN SU REINO". Abrirá el terrible libro de memorias de Dios, donde están indeleblemente anotados los pensamientos y acciones de aquellos que vendrán a juicio, y los muertos serán juzgados por las cosas que estén escritas en el libro.

¿Estarán los malvados ausentes en semejante ocasión? Esta sugerencia queda eliminada debido al testimonio bíblico y al sentido del asunto. Sería un remedo de tribunal si sus acciones se limitaran a la distribución de recompensas a los aceptados. Juzgar, en el sentido ejecutivo de la palabra, es separar el bien del mal. Esta será la función de Jesús para con sus siervos a su venida. Esto es cierto, dirá alguno, pero sólo los malvados que estén vivos serán rechazados en el juicio; los inicuos muertos seguirán durmiendo por otro período. Entonces, ¿será que el accidente de la muerte, acaecido un día antes del advenimiento del Señor, excluirá al malvado de la jurisdicción del Juez de vivos y muertos? ¿Será cierto que Jesús juzgará solamente a los vivos y no a los muertos cuando venga? ¿Será cierto que él no es "Señor así de los muertos como de los que viven" (Romanos 14:9)? La respuesta es obvia; la vida o la muerte no hace ninguna diferencia en nuestra relación con el tribunal. El Hijo del Hombre tiene poder para llamar a los muertos a voluntad, y por lo tanto, los muertos serán virtualmente tan responsables ante su tribunal como aquellos que estén en la carne cuando él sea manifestado.

Los siervos reconocidos de Cristo--por creencia en el evangelio y por el bautismo--son candidatos al reino que se manifestará cuando aparezca Cristo, el cual ha de existir desde entonces por mil años. Es apropiado que sean juzgados en su presencia para que quede decidido, como algo entre ellos y él, cuando venga el tiempo de entrar en el reino, cuáles de toda esa multitud son dignos del honor que buscan. Esto es lo que él hará, según se consigna en los testimonios citados. Actuar de otra forma, dejando a los indignos de entre ellos para que sean enjuiciados posteriormente, sería inadecuado y contravendría las expresas declaraciones que hemos citado sobre el tema. Jesús ha declarado que confesará o negará a los hombres en la presencia de los ángeles a su venida, según el comportamiento que ellos hayan tenido durante su ausencia. (Lucas 9:26; Mateo 10:32-33) ¿No necesita esto la presencia de ellos para tal ocasión? ¿Dónde estaría la vergüenza de un rechazo si el rechazado no estuviese allí para presenciar su propia ignominia? Algunos serán avergonzados cuando él venga. (1 Juan 2:28) Daniel dice que en aquel tiempo "muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua". (Daniel 12:2) Esto concuerda con la exhortación de Pablo de no juzgar nada "antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas". (1 Corintios 4:5)

Teniendo presente la conclusión general de que el tribunal es el lugar designado para determinar la gran cuestión de la recompensa individual en relación con la dispensación del favor de Dios en Cristo, llegamos a la menor pero complicada cuestión de la naturaleza y condición de los muertos durante el intervalo entre el momento en que se levantan de entre los muertos y su enjuiciamiento. El objeto de este enjuiciamiento es definido por Pablo en las siguientes palabras: "Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, SEA BUENO O SEA MALO". (2 Corintios 5:10) ¿Qué recibirán "en el cuerpo" aquellos que, en el sentido de esas palabras, hayan hecho lo bueno? ¿Y aquellos que hayan hecho lo malo? En otro pasaje, Pablo contesta estas preguntas. Él dice que Dios "pagará a cada uno conforme a sus obras; VIDA ETERNA a los que, perseverando en el bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad [...] tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo [...] en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres". (Romanos 2:6-9, 16) Él anuncia el mismo hecho en términos más específicos a los gálatas: "No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará VIDA ETERNA". (Gálatas 6:7-8)

Pablo no menciona el juicio en este testimonio, pero es evidente que se relaciona con el juicio, en vista de que la vida eterna no se "siega" en el actual estado de existencia, y la "corrupción" acontece a todos por igual, sin referencia a la siembra. Es evidente que los resultados de la vida actual van a ser tomados en cuenta en el tribunal. De hecho, Pablo lo declara expresamente en las palabras ya citadas: "para que cada uno reciba", etc. Esto es razonable y digno de Dios, el cual es un Dios de orden en la máxima exactitud en todas las cosas.

Siendo esto así, ¿no se desprende que antes del tribunal, las dos clases de enjuiciados ocuparán la posición neutral que tienen en la vida actual, mezclándose indiscriminadamente mientras esperan el juicio, sin que ninguno sepa quién es quién? ¿No es evidente que el tribunal forma la gran línea divisoria entre probación y exaltación: la gran crisis que determinará la situación de los muchos que han sido "llamados"; el tiempo para la manifestación de los secretos divinos, lo que resultará en la separación de los malvados de entre los justos, así como el rechazo y condenación de unos, y la aceptación y glorificación de los otros? Si es así, queda demostrado que hasta el momento de la comparecencia de los muertos ante Cristo para rendir cuentas, estas cuestiones quedan sin definirse, en lo que a su efecto sobre ellos concierne. Por supuesto, las conoce la mente divina, como ya hemos tenido ocasión de considerar, pero no las da a conocer ni las pone en vigor. Cristo, como juez de vivos y muertos, ha sido investido precisamente con ese oficio.

¿Cuál es la conclusión que se deriva de estas premisas bíblicas? Hay sólo una: que los muertos congregados para juicio son hombres y mujeres en la carne rescatados del sepulcro, formados otra vez y resucitados PARA COMPARECER ( anastasis) ante la presencia de su Señor y Juez para determinar si son dignos de recibir el "maná escondido" de vida eterna, para el cual todos son candidatos, o merecedores de ser devueltos a corrupción y muerte, bajo la solemne circunstancia especial de rechazo por aquel que es "del todo amable". De este modo, aquellos que estén vivos cuando venga el Señor, y aquellos que salgan del sepulcro en aquel período estarán en una situación de perfecta igualdad. Todos ellos serán reunidos ante la sola Gran Presencia para el grande y terrible propósito de ser escudriñados. Sólo después de oír las palabras dichas por el Rey, sabrán qué acontecerá con ellos. Todo depende de su rendición de cuentas. Sólo el Juez puede calcular esto con precisión. El hombre justo temblará y se considerará indigno; por otra parte, el inicuo puede presentarse tranquila y descaradamente ante aquel augusto tribunal para relatar con satisfacción y confianza la lista de sus pretensiones para la consideración del Mesías: "¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre hicimos muchos milagros?"

Es evidente por tres cosas--por el sentido común, por las parábolas de Cristo, y por las declaraciones de Pablo y Pedro--que el juicio no será una pantomima, ni una indiscriminada división de clases de personas, sino un arreglo de cuentas individual "de manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí". (Romanos 14:12) Naturalmente se podría pensar que las personas presentes ante el tribunal quedarán paralizadas e impotentes para expresar sus pensamientos; pero se debe recordar que allí mismo estará el poder que tocó a Daniel y lo hizo levantarse cuando había caído a tierra aterrado ante la presencia del ángel, y sin duda, este poder se manifestará para permitir que todos tranquilamente, con claridad y deliberación, muestren como son. Por medio de la hipnosis aplicada por seres humanos, se puede ahora lograr este resultado parcialmente; mucho más cuando prevalezca el poder del Altísimo, aquellos sobre los cuales actúe ese poder se sentirán aislados de toda influencia perturbadora y podrán concentrar sus mentes en la solemne tarea que tienen que realizar.

La idea de que los justos que han muerto se levantarán en un estado de incorrupción y que los fieles que estén vivos serán transformados instantáneamente, dondequiera que se hallen en la tierra, y que serán cambiados a naturaleza espiritual antes de comparecer ante la presencia de Cristo, (aunque aparentemente apoyada por pasajes bíblicos que son interpretados superficialmente), es un error de gran magnitud. Prácticamente echa a un lado la doctrina del Nuevo Testamento sobre el juicio (que en sí misma es una enseñanza básica), y tiende a destruir el sentido de la responsabilidad y la cautela inducida por el reconocimiento del hecho de que todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo para que recibamos en el cuerpo según nos hayamos comportado, sea bueno o malo.

Profesar creencia en el juicio y al mismo tiempo creer semejante idea, es sólo retener una forma de palabras por deferencia a la fraseología del Nuevo Testamento, y rechazar lo que esas palabras representan. Si los muertos resucitasen a incorrupción o muerte, según lo que merezcan, Jesús quedaría despojado de su honor como juez, y al tribunal se le quitaría su finalidad y terror. Si los vivos han de recibir la inmortalidad, digamos en sus propias casas, antes de que Jesús los declare benditos, ¿no sería el tribunal una mera formalidad sin sentido? Si (lo que es peor) los inicuos no han de estar allí para oír y recibir su condenación, no sería juicio en absoluto, sino tan sólo una congregación de los escogidos; una ceremonia sin terror y despojada de todo elemento de ansiedad, ya que tener parte en ella, de acuerdo con esta teoría, es estar a salvo de todo mal; no habría rendición de cuentas de todo hombre de acuerdo con sus acciones, sean buenas o malas; sino un simple otorgamiento de dádivas y honores a los diversos amigos del Rey. Sin embargo, esta es la errónea creencia que muchos son inducidos a abrigar por causa de una lectura superficial de ciertas partes del testimonio apostólico. Vamos a considerar esos pasajes en forma detallada.

"Los muertos en Cristo RESUCITARAN PRIMERO" (1 Tes. 4:16)--En base a este pasaje, se afirma que los aceptados saldrán del sepulcro primero; pero un examen del contexto mostrará que la comparación implicada en esta palabras es entre los justos que han muerto y los justos que están vivos, y no entre los muertos justos y los muertos inicuos. Los tesalonicenses se lamentaban por la muerte de algunos de ellos, de una manera que indicaba que ellos temían que los difuntos hubiesen perdido algo al morir. Pablo les asegura que esto era un error: "Nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. LUEGO (o en segundo lugar) nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados". Pablo sencillamente quiere enseñar que los muertos son restaurados a la vida y perfeccionados antes de que los vivos entren en la herencia y que por lo tanto, los muertos nada pierden al morir. "Por tanto", dice él, "alentaos los unos a los otros con estas palabras".

"Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos". (Apocalipsis 20:6) A partir de este pasaje se argumenta que ninguno de los inicuos resucitará en la resurrección cuando Cristo venga. La cuestión gira en torno a las palabras "tiene parte en la primera resurrección". ¿Qué es tener parte en la primera resurrección? La palabra griega traducida como "parte" es meros, y Parkhurst la define como "una pieza, parte, porción, compañerismo, destino", etc.; de ahí que tener parte en la primera resurrección es tener "una pieza, parte, porción", compañerismo, o destino" a la venida de Cristo. Tan solamente levantarse no es tener una porción en la resurrección que se efectúa. Habrá muchos en el tribunal que serán descartados sin "una pieza, parte, porción, destino, o compañerismo". El Rey rehusará aceptarlos. Sobre éstos la segunda muerte tendrá poder; pero sobre aquellos que alcancen la condición que Juan vio y describió como "la primera resurrección"--vivir y reinar con Cristo mil años --"la segunda muerte no tiene poder". Como Jesús dice: "Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles". Lucas 20:36)

"Los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la RESURRECCION DE ENTRE LOS MUERTOS, ni se casan ni se dan en casamiento". (Lucas 20:35) Fundándose en estas palabras, algunos afirman que los indignos no saldrán del sepulcro para "alcanzar aquel siglo". El argumento está basado en una interpretación errónea del versículo. "La resurrección de entre los muertos" es algo más que el acto de levantarse del sepulcro. "Resurrección" implica el acto de levantarse del polvo, pero abarca más que esto en muchas partes del Nuevo Testamento. Por ejemplo, los saduceos preguntaron a Jesús: "EN LA RESURRECCION, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer...?" (Mateo 22:28)--es decir, en el estado al que los muertos se levantarán. ¿Cómo podría entenderse la pregunta si se interpretara: '¿De cuál de los siete será ella mujer cuando se levanten del sepulcro?' Jesús dijo además: "EN LA RESURRECCION ni se casarán ni se darán en casamiento" (Mateo 22:30)--es decir, en el estado al que los muertos se levantarán. También, "los que hicieron lo bueno [saldrán] a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación"; es decir, una clase de personas sale del sepulcro a un estado de resurrección, la otra a otro estado de resurrección. Se sabe que Pablo predicó acerca de Jesús y la resurrección. (Hechos 17:18) Esto no puede significar que Pablo tan solo predicó acerca del acto de levantarse del sepulcro. El solo acto de levantarse de la sepultura no es necesariamente algo bueno. Lázaro y el hijo de la viuda de Naín se levantaron del sepulcro, pero no al estado de resurrección predicado por Pablo. Ellos solamente recibieron una renovación de la vida mortal. Muchos malvados se levantarán del sepulcro, pero el acto de levantarse no será para ellos un acontecimiento feliz, sino al contrario; preferirían permanecer en el olvido de la tumba. Todo depende del ESTADO al cual conduzca el levantarse del sepulcro. Pablo predicaba acerca del estado de resurrección de incorrupción e inmortalidad. Es a este estado al cual deben levantarse los muertos. El solo acto de levantarse no es la resurrección. Está implicado en ella; es una parte de ella, pero tal como se emplea en las Escrituras, es necesario añadir a qué estado entrarán los resucitados después de salir del sepulcro para que el concepto expresado por la palabra "resurrección" sea completo.

Otra ilustración de esto se halla en un pasaje en el cual confían los que se oponen a esta idea: "Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. ESTA [¿cuál? Pues, el estado de cosas que Juan vio--es decir, el reinado de los santos por mil años] ES LA PRIMERA RESURRECCION". (Apocalipsis 20:4, 5) No hay mención aquí al solo acto de levantarse del sepulcro. Juan solamente ve a ciertas personas que habían estado muertas, que ocupaban cierta posición junto a Cristo; y al describir la escena en su totalidad, él la llama LA PRIMERA RESURRECCION. Evidentemente, la palabra resurrección no puede restringirse aquí al acto de levantarse del sepulcro. Muchos tendrán una parte en esta "primera resurrección", los cuales nunca llegarán siquiera a entrar en el sepulcro, a saber, "los que estén vivos y permanezcan". La palabra "resurrección" aquí abarca ampliamente un estado y un tiempo a los cuales son incorporadas las personas vistas, levantándolas del estado de muerte, sea que estén bajo tierra o caminando sobre ella en mortalidad. Pero tanto los vivos como los muertos tendrán que comparecer ante el tribunal, antes de que ocupen la posición en la cual Juan los vio, y cuando se presenten ante el tribunal tendrán compañeros a los cuales no volverán a ver nunca más, porque a algunos, Cristo les dirá: "Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad" (Mateo 7:22-23). Los tales estarán "AVERGONZADOS" ante él "cuando se manifieste". (1 Juan 2:28; véase también Daniel 12:2)

Un obstáculo principal se halla en las palabras "los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron los mil años". Esto se vuelve un obstáculo al suponer que se aplica a los siervos infieles de Cristo. Esta suposición es evidentemente un error, porque la visión de Juan abarcaba solamente la resurrección de los justos, los que "vivieron y reinaron con Cristo".Todo lo que el pasaje realmente demuestra es que no habrá más resurrección de muertos después de que Cristo haya llegado al término de los mil años. Es cierto que no es su propósito enseñar, y, como hemos visto, no enseña, que no habrá resurrección de los injustos a la venida de Cristo. Ningún pasaje de las Escrituras puede contradecir el claro testimonio de otras partes. Admitir la interpretación popular de Apocalipsis 20:5 sería abandonar la doctrina del juicio que se enseña en el Nuevo Testamento.

Pero la piedra de tropiezo más grande para aquellos que niegan el juicio de los santos consiste en las declaraciones de Pablo sobre el tema de la resurrección en 1 Corintios 15: "Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual... Los muertos serán resucitados incorruptibles" (versículos 42-44, 52). Si restringimos estas palabras al solo acto de salir del sepulcro, naturalmente parecen ser una expresa afirmación de que el cuerpo es incorruptible, espiritual e inmortal desde el primer momento de su restauración; y que, por tanto, el juicio es anticipado y sustituido por esta callada proclamación de aceptación, y que nada hay entre aquellos que así se levantan incorruptibles y la salvación perfecta, sino una gozosa reunión con el Señor.

El error consiste en interpretar las palabras de Pablo demasiado estrictamente, y leerlas como si se refirieran solamente a los dramáticos incidentes de la resurrección, en vez del estado de existencia al cual conduce el acto de resucitar. Pablo no está tratando acerca del aspecto científico del tema. No está definiendo el proceso por el cual pasa un muerto desde las profundidades de la corrupción hasta la naturaleza de los ángeles; los detalles literales del procedimiento están ajenos al tema que está tratando. Más bien está respondiendo a las dudas planteadas por el objetante: primero, ¿cómo--en una pregunta de posibilidad--se levantan los muertos? Y segundo: ¿qué cuerpo van a recibir?

Pablo presenta a Adán y a Cristo como prueba de su afirmación de que "hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual". Cita el libro de Moisés referente a Adán para demostrar que existe el cuerpo animal o natural: "Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente" (es decir, cuerpo animal) (1 Corintios 15:45) Su prueba de lo segundo reside en esto: "El postrer Adán [fue hecho] espíritu vivificante". Ahora, supongamos que una persona que desconoce la historia de Cristo, recibiera sus impresiones acerca de la vida de Cristo leyendo esta declaración--suponiendo que no tenía ninguna otra fuente de información-- ¿no llegaría a la conclusión de que el "postrer Adán" [Cristo] era un cuerpo espiritual desde el primer momento de su existencia? ¿Acaso podría deducir de las palabras de Pablo que el "postrer Adán" fue primero un indefenso bebé en Belén, revestido de la naturaleza de carne y sangre de su madre; luego, un joven que ayudaba a sus padres; posteriormente un carpintero que trabajaba en el taller para ayudar a la familia a ganarse la vida; que más tarde fue ungido con el Espíritu Santo y poder, y anduvo haciendo el bien y efectuando obras "que ningún otro ha hecho" ; y que finalmente quedó desamparado del poder de Dios, y crucificado en debilidad, es decir, la debilidad de la frágil naturaleza humana? ¿Podría el desinformado y superficial lector de las palabras de Pablo acerca del postrer Adán aprender en ellas que no sólo el primer Adán sino también el postrero fue un cuerpo natural durante treinta y tres años y medio, y que sólo llegó a ser espíritu vivificante por el poder de Dios, en su resurrección?

De ninguna manera. Todos estos hechos, tan conocidos para nosotros, están concisamente comprimidos en las palabras "fue hecho espíritu vivificante". Un proceso con tantas características sorprendentes está expresado de una manera tal que, si no hubiera otra información, la ocultaría. Si este es el caso de la alusión a Cristo--es decir, si se nos permite creer en contra de la apariencia de las cosas indicadas en 1 Corintios 15, que Cristo fue primero un alma viviente y luego un espíritu vivificante, ¿qué necesidad habría de una mayor dificultad referente a su pueblo, cuya resurrección en la carne y comparecencia ante el tribunal no se mencionan, en una frase cuyo uso en otros casos admite la posibilidad de abarcar todo este proceso?

Hablando en términos resumidos y concisos, "los muertos serán resucitados incorruptibles y nosotros--los que vivimos--seremos transformados". Ambos acontecimientos ocurrirán al advenimiento de Cristo. Esto es cierto, hablando en términos generales, sin entrar en detalles; pero no es, por lo tanto, falso que ambas clases de personas comparecerán "ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo". (2 Corintios 5:10) Una declaración general de la verdad no puede excluir los pormenores implicados, aunque pueda parecer así. La regla de la verdadera sabiduría no es oponer una parte de la palabra a otra, sino resolver los conflictos aparentes, dando importancia a todos los detalles, y hallando lugar para ellos en todas las expresiones generales de la misma verdad. Esta actitud no la toman aquellos que basándose en el capítulo ya tratado, niegan que los muertos salgan a juicio con una aspiración a la inmortalidad. Al contrario, ponen a Pablo en conflicto con otras declaraciones hechas por él mismo. Ellos presentan las declaraciones generales y resumidas de Pablo sobre el tema de la inmortalidad como barreras contra sus propias explicaciones específicas en otros pasajes de las Escrituras, y contra las declaraciones generales de Cristo y de los demás apóstoles.

En oposición a esta actitud, nos hemos esforzado por hallar, en 1 Corintios 15, un lugar para todas estas características; un lugar no visible para el lector casual, pero perceptible por aquellos que tienen presente la enseñanza general de Pablo sobre el asunto. Pablo es coherente consigo mismo. El término "resurrección" incluye todo lo que está divinamente relacionado con ella. El resultado es incorrupción, gloria, poder, y una naturaleza espiritual, pero esto sólo se logra a través del tribunal que "manifestará las intenciones de los corazones". Hasta que esto acontezca, el futuro es un libro sellado, excepto en la medida en que esté reflejado en la conciencia de la persona. El juicio arreglará todo, separando la paja del trigo, y determinando quiénes son los santos, en hecho y en verdad, y quiénes los siervos inútiles, que sólo tienen nombre de que viven, pero están muertos.

Encomendamos a la seria consideración de todos los interesados, el hecho evidente de que hay un día designado cuando Dios juzgará los secretos de los hombres por medio de Cristo Jesús, justificando a los justos y condenando a los inicuos. Es un hecho que estimulará, reforzará y sostendrá a toda persona que, habiendo sido iluminada y unida a la hermandad de Cristo, está trabajando denodadamente, como viendo al Invisible; y es un hecho que, claramente entendido, corregirá y purificará a aquellos que, en situación similar, puedan estar dejándose apartar del sendero de la verdad y del deber por satisfacer consideraciones de una naturaleza temporal. Los anales que serán exhibidos en el tribunal están siendo escritos ahora en la vida de aquellos que comparecerán allí. El uno será un exacto reflejo del otro. Una fiel mayordomía sostenida ahora, será honrada en aquel día con alabanza, reconocimiento y promoción; mientras que una actitud opuesta traerá vergüenza pública, condenación y muerte. "Los sabios heredarán honra, mas los necios llevarán ignominia".


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