LA INMORTALIDAD: UN DON CONDICIONAL QUE SE CONFERIRÁ AL TIEMPO DE LA RESURRECCIÓN.

Si la naturaleza humana es esencialmente mortal, y si para ella la muerte es la destrucción de todos sus poderes manifiestos, ¿cuál es la verdadera relación de una vida futura con nuestra raza perecedera? Muchos sacan precipitadamente la conclusión de que la posición asumida en los dos capítulos anteriores implica la negación de la futura retribución, e incluso el rechazo de la existencia de Dios. Que esto es un gran error quedará pronto en evidencia. El entendimiento de la mortalidad del hombre conduce ciertamente a una modificación de las creencias populares, pero no con el efecto señalado. Y la modificación a la cual conduce está confirmada por el testimonio de la Biblia con una claridad que elimina toda dificultad del camino de una mente devota.

En el corazón hay una aspiración natural a la inmortalidad. Las formas más bajas de la naturaleza humana, tales como los deficientes mentales y las razas bárbaras, posiblemente no la tienen; pero donde la naturaleza humana se ha desarrollado hasta algo considerado como su nivel natural, allí existe un vehemente deseo por lo perfecto y lo eterno. Parece que estamos mentalmente formados para eso. La muerte llega a nosotros como un acontecimiento innatural en nuestra experiencia. Le tenemos aversión; le tememos; anhelamos la inmortalidad; aspiramos a vivir para siempre.

Es costumbre sostener que nuestro deseo de inmortalidad implica que efectivamente somos inmortales. Este es el principal argumento empleado por Platón, de quien se puede decir que es el padre de la doctrina de la inmortalidad del alma. Los que creen en la inmortalidad del alma han usado universalmente este argumento hasta el día de hoy. Es asombroso que la lógica del argumento pase sin ser puesta en tela de juicio. Se vería fácilmente que es absurdo en el caso de cualquier otro instinto o deseo. Por ejemplo, un hombre hambriento desea alimento; ¿es esto una prueba de que ya lo tiene? El argumento funciona en sentido contrario. Si deseamos algo, el solo hecho de desearlo es evidencia de que no tenemos el objeto de dicho deseo; porque, como Pablo dice, "lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo?" (Romanos 8:24) Si anhelamos la inmortalidad, es prueba que estamos destituidos de ella.

Sin embargo, la existencia de semejante deseo es evidencia de muchas cosas, en su debido lugar. Establece la inmortalidad como una posibilidad en la organización del universo. No existe ningún instinto o deseo en la naturaleza sin el correspondiente objeto sobre el cual actúa. ¿Tenemos hambre? Existe alimento para comer. ¿Somos curiosos? Hay cosas que ver y conocer. ¿Tenemos benevolencia? Hay beneficios que conferir, necesidades que suplir, y sufrimientos que aliviar. ¿Tenemos conciencia? Existen el bien y el mal. ¿Podemos maravillarnos? Hay fenómenos incomprensibles en el cielo arriba y en la tierra abajo. ¿Tenemos veneración? Hay un Dios al cual adorar. Y así sucesivamente, con todo sentimiento que hay en la naturaleza sensible. Según este principio, el anhelo espontáneo por la inmortalidad y la perfección demuestra la existencia de las condiciones deseadas y la posibilidad de obtenerlas; y aunque seamos totalmente ignorantes en cuanto al "dónde", "cuándo", "cómo", etc., de ellas, persiste la fuerte presunción natural de que la condición deseada no puede ser del todo un sueño, aunque por el momento esté fuera de nuestro alcance.

No obstante, debemos usar un criterio apropiado en la aplicación del argumento. No demuestra que todos necesariamente obtendrán la inmortalidad. La existencia de un deseo no es garantía de que se obtendrá. Un hombre con gran apetito podría hallarse en circunstancias donde no puede obtener alimento. Podría estar encerrado en una mina subterránea, cuya consecuencia sería la muerte. Su apetito indica que el alimento es su objetivo normal, pero no garantiza que lo obtendrá; eso depende de las circunstancias. La deducción lógica de este anhelo por la inmortalidad es que, como es inconcebible que pudiera existir un instinto que no tenga la posibilidad de ser satisfecho, la inmortalidad y la perfección deben ser condiciones que se pueden obtener. Pero como la satisfacción de un deseo está sujeta a circunstancias relativas adecuadas, todo depende de la naturaleza de las circunstancias que controlan la obtención de la inmortalidad, ya sea si ésta se obtenga o no. Esto marca una separación entre el creyente tradicionalista y el incrédulo, refutando la creencia en el alma inmortal de uno y demoliendo la creencia irracional del otro.

¿Qué es la inmortalidad? Podemos comprender mejor una cosa por medio del contraste. Algo sabemos de la mortalidad, de la cual viene la idea de la in (sin) mortalidad. La palabra "mortalidad" viene de la raíz latina "mors", muerte, y significa perecedero. Decir que algo es mortal es afirmar que está limitado en su poder para continuar con vida, debido a su tendencia inherente a la disolución. Decimos que el hombre es mortal, y efectivamente lo es. Todos los días muere alguien. Llega a existir como un ser organizado, heredando y exhibiendo todas las cualidades del linaje del cual se deriva. Lo vemos dejar de existir con tanta regularidad como lo vemos nacer. La lista de defunciones es el corolario universal de la lista de nacimientos. Ningún hombre nacido de mujer está exento de la ley de la muerte; a pesar de lo superior a sus semejantes que él pueda ser, de lo sublime de su genio, de lo amplio de su intelecto, de lo genial de su amistad, de lo encantador de su carácter general, la mano de la muerte no se detiene; el fin debe llegar; la ley del pecado y la muerte que obra en sus miembros se lleva su vida al fin, y él se hunde en el olvido del cual salió. Esta es la mortalidad de la experiencia real, independiente de cualquier teoría que la gente pueda abrigar sobre el tema.

La teoría popular dice que la mortalidad de la experiencia común se refiere a la condición del hombre, no a su ser; que cambia su lugar de existencia pero no afecta su verdadera existencia. Consideremos esto por un momento. Es una verdad manifiesta que la vida en sentido abstracto es indestructible; pero ¿vamos a decir, entonces, que un ser viviente es indestructible? Si fuera así, demostraría la inmortalidad de las bestias, porque ellas ciertamente viven en forma tan real como el hombre, aunque su naturaleza es inferior. La vida no es un poder individual pensante en su condición abstracta, a menos que tomemos la suma total de toda la vida tal como existe en Dios, el "manantial de la vida". Subordinado a él, el poder o capacidad de la manifestación individual existe en el vasto océano del poder de vida que se sustenta del Gran Manantial Eterno; pero está latente allí y sólo se puede desarrollar por medio de lo que los hombres se han complacido en llamar "organización".

El asunto puede parecer un misterio; pero ciertamente no es más misterio que el concepto metafísico que intenta explicar un misterio por medio de un misterio aún mayor. Misterio o no, es la enseñanza de la experiencia y la declaración de la palabra de Dios. "Una misma respiración [o espíritu--es la misma palabra] tienen todos", declara Salomón referente a hombres y animales. (Eclesiastés 3:19) Moisés es igualmente categórico. Hablando del diluvio, dice: Así fue destruido todo ser que vivía sobre la faz de la tierra, desde el HOMBRE hasta la bestia, los reptiles, y las aves del cielo". (Génesis 7:21-23) Además: "Y murió toda carne que se mueve sobre la tierra, así de aves como de ganado y bestias, y de todo reptil [...] y todo hombre. TODO lo que tenía aliento de vida en sus narices [...] murió". (Gen. 7:21-22) Aquí al hombre se le considera en la misma categoría que los animales, perteneciendo a la misma clase de existencia; como un "ser viviente" que inhala el universal "aliento de vida" compartido por TODOS. "[Hay] hálito de Dios en mis narices", dice Job en capítulo 27:3. "Dejaos del hombre, cuyo aliento está en su nariz", es el mandato de la inspiración en Isaías 2:22. "Si [Dios] recogiese así SU espíritu y SU aliento", es la forma en que Eliú describe la muerte en Job 34:14, 15. Observe que se dice que el "espíritu" pertenece al Omnipotente; y el hombre--la criatura tangible--es el poseedor del espíritu; pero la filosofía ha invertido este orden de ideas. Ha convertido al espíritu en poseedor, y al cuerpo en la cosa poseída; y ha abierto la puerta para las doctrinas complementarias de recompensas fuera del cuerpo en un reino en los cielos, castigos en el infierno, etc.

La teoría se desmorona al aceptar la sencilla doctrina de las Escrituras de que "Dios formó al HOMBRE del polvo de la tierra"; (Génesis 2:7) que "el primer hombre es de la tierra, terrenal" y que "cual el terrenal, tales también los terrenales"; (1 Corintios 15:47, 48) que la vida que está en el hombre es de Dios y regresa a Dios cuando el hombre muere (Eclesiastés 12:7) La doctrina opuesta, que no es más que el fruto de la especulación humana y no la enseñanza de las Escrituras--porque ¿quién ha leído jamás la expresión "alma inmortal" en la Biblia?--es un engaño que ciega el entendimiento de todos los que la comparten, dando origen a muchas dificultades gratuitas en cuanto al gobierno moral que Dios ejerce sobre el mundo e impidiendo una debida comprensión de las doctrinas del cristianismo, las que tienen como su fundamento mismo la verdad de que el hombre es una forma pasajera de vida consciente, para el cual está establecido el día de la muerte por causa del pecado.

¿Cómo es que el hombre, teniendo tan fuerte deseo instintivo de inmortalidad y perfección, se halle en un estado tan opuesto, en todo aspecto? Hay una explicación. Pero la naturaleza rehúsa proporcionarla. La condición del hombre como fenómeno natural es un misterio impenetrable. La naturaleza establece la correspondencia más estricta entre instinto y condición en el caso de todas las otras especies en todo su amplio dominio, pero esta adaptación que produce felicidad, se niega a concederla a su producción más noble: el hombre, dejándolo abandonado a la desgracia de tener una noble aspiración frustrada. Es imposible explicar este hecho por medio de principios naturales. Sin la ayuda de la revelación, la condición y destino del género humano permanecerían como un enigma insoluble.

Acudiendo a la Biblia, el misterio se desvanece. Se nos remonta hasta el origen de nuestra especie. Se nos muestra a Adán y Eva, nuestros primeros padres, en su inocencia prístina, como felices ocupantes de un paraíso con plantaciones celestiales. No hay razón para que desechemos este cuadro por causa del darwinismo. La evolución de las especies no sólo no está demostrada, sino que es una conjetura científica indemostrable. Más aun; es una hipótesis insostenible y absurda. Aunque muchos científicos la respaldan, muchos otros científicos la rechazan del todo, sobre bases científicas. El profesor Owen, por ejemplo-un nombre reconocido en el ámbito de la ciencia-está en primera fila entre los que rechazan al darwinismo.

Hay una rápida forma de acabar con la especulación antagónica. Si Cristo es verdadero, también lo es el relato mosaico acerca de Adán en el jardín de Edén, porque Cristo respaldó los escritos mosaicos; y el Nuevo Testamento, en más de un pasaje une a Adán y Cristo como los dos polos del plan divino (1 Corintios 15:20-21; Romanos 5:12-20) Por lo tanto, no es una recaída infantil (aunque así se le considera en muchos lugares) que regresa al episodio de Edén en busca de información sobre un problema de naturaleza humana. Situémonos en esa escena por un momento; ahí observamos como Adán y Eva se dedican a la agradable ocupación de labradores de ese magnífico jardín de mil tonalidades, que se extendía bajo los cálidos rayos de un sol asiático. Los imaginamos pasando sus días en la dulzura de la inocencia, y bebiendo, con facultad virginal, de los deleites puros de la naturaleza. Cuando pensamos en lo que sigue, se nos enseña la lección de que el hombre existe no sólo para sí mismo-que el simple goce sensual no es el objetivo supremo de la existencia-que hay acciones más elevadas de la mente, responsabilidades más serias, obligaciones más exaltadas, cuyo sólo ejercicio puede hacernos ver la verdad-que Dios es lo más alto, y exige la absoluta sumisión de nuestra voluntad y afecto hacia él como la condición esencial de nuestra felicidad y de su complacencia.

A Adán se le prohibió que tocara cierto árbol que estaba en medio del jardín, no porque el árbol fuera intrínsicamente malo, o que hubiera algún pecado en el acto mismo de tocarlo, aparte de la prohibición, sino porque semejante prohibición era, dadas las circunstancias, el modo más sencillo y más conveniente de educarlo en cuanto a su relación para con el Todopoderoso. "Donde no hay ley, no se inculpa de pecado", dice Pablo. Mientras que el árbol no estaba prohibido, Adán estaba en libertad de usarlo tan libremente como usaba los otros; pero, una vez que se decretó la prohibición, se volvió ilícito para él tocarlo. ¿Cuánto tiempo continuó Adán obedeciendo, no se sabe; pero sabemos que en el transcurso del tiempo él infringió el decreto divino.

"Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella". (Génesis 3:6)

La consecuencia de este acto fue sumamente calamitosa:

"Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás". (Génesis 3:17-19)

Esta es la explicación de la actual condición excepcional de la raza humana. Adán, creado originalmente con mira a una posible inmortalidad, fue condenado a regresar a su inexistencia original, y entonces comenzó en él aquel proceso de decadencia física que termina todo en la muerte. Como todos procedemos de Adán, hemos, por supuesto, heredado su tendencia natural hacia la muerte porque nada limpio puede salir de lo impuro. (Job 14:47) En base a este principio, la muerte ha pasado a todos los hombres por medio de Adán; y por eso somos mortales.

No es inusual en nuestros días bromear sobre este asunto, y burlonamente preguntar por qué Dios no impidió que esto sucediera. Es inútil intentar una respuesta a aquellos que caen en esta insensatez porque no están en una disposición mental que les permita entender. La pregunta misma evidencia una liviandad de pensamiento y, en la mayoría de los casos, una frivolidad de naturaleza moral con la cual es inútil tratar. La respuesta es como arrojar perlas a los cerdos; es seguro que "se vuelvan y nos despedacen". El pensamiento profundo y los devotos no tendrán dificultad en percibir que el acaecimiento de tan amargo capítulo en la historia humana fue incidental a la posesión del hombre de la prerrogativa divina del libre albedrío; y, además, que su acaecimiento fue previsto por el Todopoderoso, y que él quiso que fuese la base sobre la cual establecería el triunfo de la eterna benevolencia y eterna sabiduría. No se requiere un discernimiento muy profundo para ver que la introducción del mal conduciría a resultados finales, tan perfectamente gloriosos como para mostrar la infinita sabiduría y misericordia de Dios al permitirlo.

Después de que ocurrió la trasgresión, y se pronunció la sentencia como consecuencia de ella, se tomó una precaución con el propósito expresado en estas palabras, tomadas del 3º capítulo de Génesis (versículos 22 y 23):

"Pues, que [Adán] no alargue su mano, tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado".

Que aquellos que creen en la inmortalidad natural del hombre reflexionen sobre la importancia de estas palabras. ¿Qué necesidad habría habido de impedir que Adán comiera del árbol de la vida "no sea que coma y viva para siempre", si él ya era esencialmente inmortal? Como Adán era inmortal, la precaución fue misericordiosa, porque si Adán, en su estado caído y desafortunado, llegase a quedar investido de inmortalidad, la tierra se habría poblado de hombres pecadores que no podían morir, los cuales en el transcurso de los siglos se habrían multiplicado y sobrepoblado el globo, y habrían creado un escenario de indescriptible confusión y miseria. Pero esta terrible calamidad fue evitada. Adán fue excluido del acceso al otro árbol, el cual, debido a una medida previsora, había sido dotado de virtud que daba vida; así que continuó en su estado mortal; y sus descendientes, innumerables, afligidos por el pecado, y desdichados, son misericordiosamente eliminados, generación tras generación, como la segadora mecánica lo hace con la hierba.

Aquí es fácil darse cuenta de lo infundadas que son las esperanzas populares de salvación que se basan en "ser buenos", como lo expresan ellos. Adán, por una sola ofensa, y dicha ofensa, además, inspirada por el buen motivo, como dirían los hombres, de hacerse bueno, a saber, que pudiera llegara a ser sabio, y ser como los Elohim, por una sola ofensa mereció una sentencia de muerte. Si una sola ofensa fue fatal en el caso de Adán, ¿cómo pueden sus descendientes, cargados de pecados, esperar eludirla por medio de un poco de bondad sin valor? ¡No, no! Los hombres deben ser perdonados y justificados antes de que puedan ser salvos; y cómo han de lograr este estado, puede aprenderse en las enseñanzas de los apóstoles, aparte de lo cual quedaríamos "sin esperanza". (Efesios 2:12)

Como es únicamente de las Escrituras que derivamos cualquier información racional de la actual condición mortal y afligida del género humano, también ellas son la única fuente de información referente a nuestro destino futuro. Job pregunta: "Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?". (14:14) Esta es la pregunta cuya respuesta es una tarea especial de la Biblia. No podemos procurar una respuesta de ninguna otra fuente. Si especulamos acerca de ella como un problema filosófico, andamos a tientas en la oscuridad. No hay proceso en la naturaleza a partir del cual podamos razonar sobre el tema. No hay ningún verdadero paralelo con la resurrección. Una semilla depositada en la tierra brota y renueva su existencia por la ley de su naturaleza. El poder para volver a brotar es parte de sí misma. No ocurre lo mismo con el hombre. En las palabras de Job:

"Porque si el árbol fuere cortado, aun queda en él esperanza; retoñará aún, y sus renuevos no faltarán. Si se envejeciere en la tierra su raíz, y su tronco fuere muerto en el polvo, al percibir el agua reverdecerá, y hará copa como planta nueva. Mas el hombre morirá, y será cortado; perecerá el hombre, ¿y DONDE ESTARA ÉL?". (Job 14:7-10)

¿Dónde está él? La respuesta es sencilla; no está en ninguna parte. El polvo ha vuelto a la tierra como antes era, y el espíritu de vida ha vuelto a Dios que lo dio; y aunque tanto el polvo como la vida continúan existiendo como elementos separados, el hombre que resultó de su combinación orgánica ha dejado de ser; y si alguna vez "vive de nuevo", será el resultado de un nuevo esfuerzo de parte del poder del Todopoderoso.

Que el hombre puede volver a vivir, es una de las benditas enseñanzas de la palabra de Dios. "Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos". (1 Corintios 15:21) Fue la misión especial de Cristo traer esta verdad a luz. El se proclamó a sí mismo como "la resurrección y la vida". (Juan 11:25), añadiendo: "el que cree en mí, aunque esté muerto, VIVIRA". El vino no solamente para reinfundir vigor espiritual en la adormecida naturaleza moral de los hombres, sino también para liberarlos de la ley física de la muerte, que los arrolla hacia el sepulcro y los mantiene allí. El vino, en realidad, para resucitar los cuerpos de los hombres--que esencialmente son los hombres mismos--del hoyo de la corrupción y revestirlos, si lo aceptan, de incorrupción e inmortalidad. Pablo dice que Jesús "transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya". (Filipenses 3:21) Esto está relacionado con la resurrección, porque Jesús mismo dice: "Esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero". (Juan 6:39) De este modo, se dice que Jesucristo "sacó a luz la vida y la inmortalidad". (2 Timoteo 1:10) En realidad, el propósito mismo de la obra expiatoria de Cristo fue ofrecer a los hombres vida eterna, como Salvador del mundo y su reconciliador con Dios, de quien todos los hombres se han desviado. Esto se manifiesta en las siguientes citas del Nuevo Testamento:

Yo he venido para que tengan VIDA, y para que la tengan en abundancia".(Juan 10:10)

"Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que VIVAMOS por él". (1 Juan 4:9)

"Y no queréis venir a mí para que tengáis VIDA". (Juan 5:40)

"Yo soy la resurrección y la VIDA". (Juan 11:25)

"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga VIDA ETERNA". (Juan 3:16)

"Como [el Padre] le has dado [al Hijo] potestad sobre toda carne, para que dé VIDA ETERNA a todos los que le diste". (Juan 17:2)

"Mis ovejas oyen mi voz [...] y yo les doy VIDA ETERNA; y no perecerán jamás, ni nadie los arrebatará de mi mano". (Juan 10:27, 28)

"Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado VIDA ETERNA; y esta VIDA está en su Hijo". (1 Juan 5:11)

"Y esta es la promesa que él nos hizo, la VIDA ETERNA". (1 Juan 2:25)

"Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es VIDA ETERNA en Cristo Jesús Señor nuestro". (Romanos 6:23)

"Para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de VIDA ETERNA". (Tito 3:7)

"Conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para VIDA ETERNA". (Judas 21)

Hay una conclusión obvia en la lectura de estos pasajes; si la inmortalidad es el atributo natural de todo hijo de Adán, desde el momento mismo que respira, no tienen sentido los testimonios que hablan, sin excepción, de la inmortalidad como una contingencia futura, algo que aún tiene que procurarse, una recompensa, una dádiva, algo sacado a luz por el evangelio, etc. Hay completa contradicción en semejante lenguaje si la inmortalidad es una posesión natural y presente. ¿Cómo se le puede prometer a un hombre aquello que ya posee? La promesa divina es que Dios otorgará vida eterna a aquellos que buscan gloria, honor e inmortalidad. Esta es la mayor prueba de que la naturaleza humana no tiene inmortalidad en su estado actual.

¿Qué es esta inmortalidad? La opinión moderna sobre el tema nos llevaría a suponer que es una cualidad mental, como la conciencia o la benevolencia--una condición espiritual--una esencia que en sí misma no tiene ninguna relación con el tiempo o el espacio. Como la muerte ha llegado a tener un significado teológico artificial, así también la inmortalidad, la dádiva que Dios prometió por medio de Jesucristo, ha sido desvirtuada en un concepto metafísico; que no puede entenderse, ya que se le ha dejado más allá del interés práctico del género humano. Al juntar el sentido común y la enseñanza de la Escritura para que den testimonio sobre este asunto, hallamos que inmortalidad es lo opuesto a mortalidad. La una indica el estado perecedero en relación con el ser, la otra señala su existencia interminable. Ambos son términos definitivos de duración de la vida, más bien que de cualidad, aunque la cualidad está implicada en ambos casos. Un ser mortal es una criatura de existencia terminable; un inmortal es uno que está de tal manera constituido que su vida es interminable. Sin embargo, la terminación de la una y la perpetuidad de la otra, son el resultado de las condiciones establecidas de sus respectivas naturalezas. El hombre es mortal porque su organismo tiende a decaer. Si ese organismo pudiese seguir funcionando año tras año, sin deterioro ni propensión a la descomposición, sería inmortal, aparte de la violencia, porque la vida persistiría y se manifestaría constantemente. Pero no es así, como bien lo sabemos a nuestro pesar; nuestra naturaleza contiene dentro de sí las semillas de la corrupción y por eso desciende a la inevitable disolución. La más excelente constitución sucumbirá al fin ante el gradual agotamiento que avanza año tras año. Para ser inmortal se requiere que seamos de sustancia incorruptible; porque aquello que es incorruptible no puede decaer; y un organismo viviente incorruptible vivirá para siempre. De ahí que la inmortalidad que se menciona en el Nuevo Testamento es una promesa de resurrección a una existencia corporal incorruptible.

"Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual". (1 Corintios 15:42-44)

Además:

"El Señor Jesucristo [...] transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya". (Filipenses 3:20, 21)

Obtener inmortalidad significa ser transformado de nuestra actual condición corporal débil, frágil y corruptible a una condición perfecta, incorruptible y poderosa, en la cual ya no estaremos más sujetos a la debilidad, dolor, sufrimiento y muerte, sino que seremos como el Señor Jesucristo en su actual estado exaltado de existencia.

Esta transformación ocurrirá al regreso de Jesucristo desde el cielo, según queda de manifiesto en los siguientes testimonios:

"El Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en SU MANIFESTACION Y EN SU REINO". (2 Timoteo 4:1)

"Pero cada uno en su debido orden [de resurrección]: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, EN SU VENIDA". (1 Corintios 15:23)

"Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, ENTONCES vosotros también seréis manifestados con él en gloria". (Colosenses 3:3, 4)

"He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y CUANDO esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, ENTONCES SE CUMPLIRA LA PALABRA QUE ESTA ESCRITA: Sorbida es la muerte en victoria". (1 Corintios 15:51-54)

Por medio de este testimonio, junto con 1 Tesalonicenses 4:13-18, ya citado, aprendemos que los fieles en Cristo Jesús que estén vivos a la segunda venida de su Señor y Salvador, experimentarán--después que hayan sido juzgados--una inmediata transformación a la naturaleza incorruptible del cuerpo espiritual, sin pasar por el proceso de la muerte. De ahí la declaración, "no todos dormiremos". De modo que algunos que quizás estén ahora viviendo, de la misma manera que Enoc y Elías, serán excepciones a la regla general de mortalidad y "no gustarán la muerte".

En cuanto a la naturaleza del cuerpo resucitado, hallamos en uno de los pasajes citados de las epístolas de Pablo, estas palabras: "resucitará cuerpo espiritual". Algunos piensan que esto significa un cuerpo espectral, gaseoso, impalpable, a través del cual uno podría pasar su mano. Al contrario, los justos en el estado perfeccionado serán tan reales y corpóreos como hombres mortales en la vida actual. Aprendemos esto de la manera más inequívoca. Considere las siguientes declaraciones: "Transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea SEMEJANTE AL CUERPO DE LA GLORIA SUYA". (Filipenses 3:21) "Sabemos que cuando él [Cristo] se manifieste, seremos SEMEJANTES A ÉL, porque le veremos tal como él es". (1 Juan 3:2) Aquí tenemos un punto de partida: Cristo es el modelo según el cual será moldeado su pueblo. Por lo tanto, si queremos conocer la naturaleza de los justos en el estado futuro, debemos estudiar la naturaleza de Cristo después de su resurrección. Estamos capacitados para hacer esto, porque Cristo apareció a sus discípulos después de su resurrección y tuvo varios encuentros con ellos. Vemos que él trató de dar evidencia a sus discípulos acerca de su realidad, cuando estos quedaron aterrados ante su súbita aparición, creyendo que lo que ellos estaban viendo era una ilusión.

Él dijo:

"¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; porque un espíritu no tiene CARNE NI HUESOS, COMO VEIS QUE YO TENGO. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos". (Lucas 24:38-43)

Aquí tenemos una prueba positiva de que Cristo era tan real y corpóreo después de su resurrección como lo era antes. El cuerpo que José de Arimatea colocó en la tumba fue el cuerpo que después se levantó y apareció como "este mismo Jesús"--"yo mismo soy"--a los discípulos, quienes lo palparon y comieron con él. Esto es prueba de que los justos en la resurrección serán tan tangibles y corpóreos como lo fue él en aquella ocasión, puesto que ellos han de ser "semejantes al cuerpo de la gloria suya".

Algunos sugieren que la naturaleza de Cristo se transformó en esencia intangible después de su ascensión, pero no hay nada que apoye semejante sugerencia. Tal suposición es enteramente gratuita y no merece atención. Se elimina por la evidencia de la realidad e identidad de Cristo después de su ascensión. Aun cuando esto no fuera así, la sugerencia carecería de fundamento. En vista de que no hay ninguna declaración en el sentido de que Cristo cesó de ser corpóreo después de su ascensión, la única alternativa racional es asumir que no hubo semejante cambio, y que Cristo fue y continúa siendo el mismo personaje real, aunque glorificado, que mostró sus manos y pies a sus discípulos que se hallaban reunidos. Pero el hecho de su continuación corporal está expresado en la declaración hecha por los ángeles a los discípulos inmediatamente antes de la ascensión:

"¿Por qué estáis mirando al cielo? ESTE MISMO Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo". (Hechos 1:11)

¿Qué entendieron los discípulos por "este mismo Jesús"? ¿No pensarían en el bendito Salvador que, unos pocos días antes, había comido pan delante de ellos y les había dicho que "un espíritu [o fantasma] no tiene carne ni huesos COMO VEIS QUE YO TENGO"? Indudablemente; y estarían a la espera del tiempo de su reaparición, con las huellas de los clavos en sus manos y la marca de la herida en su costado, lo que es evidente, según Zacarías 13:6, que será el tema de ansiosa curiosidad para los judíos que presencien su venida. Por lo tanto, queda la prueba de que los justos en el estado resucitado serán corpóreos como su Señor y Maestro, y no las entidades incorpóreas que generalmente se imagina.

Pero aunque no menos reales que el hombre mortal, los santos glorificados poseerán una clase de naturaleza diferente. En el estado actual son "cuerpos animales", pero entonces serán "cuerpos espirituales". Esa es la diferencia. Los cuerpos naturales o animales se conservan con vida por medio de la sangre, como dicen las Escrituras en Levítico 17:14: "Porque la vida de toda carne es su sangre". La sangre es el medio de vitalidad animal, con la cual se energiza por medio de la acción del aire en los pulmones. El principio o "espíritu" de vida se aplica de este modo sólo de una manera indirecta. La sangre es el agente vivificador inmediato; los cuerpos activados por ella son simplemente cuerpos temporales. La vida de ellos no es inherente; depende de una función compleja que se puede interrumpir fácilmente. Se aplica por medio de un proceso tan delicado que se deteriora fácilmente ante influencias externas y circunstancias accidentales. Por lo tanto, la vida es incierta, y disfrutar de salud y vigor constantes es algo casi imposible. Nuestra constitución física se echa a perder con facilidad y estamos propensos a ser afligidos con angustiosos achaques y dolencias, que fácilmente se vuelven graves; de ahí la lucrativa profesión a la que se le atribuye la habilidad para "curar" la desafortunada humanidad. Ah, pero en realidad no la pueden "curar". La enfermedad es demasiado profunda para la habilidad que ellos tienen. Está en la constitución elemental del hombre; está en su sangre; está profundamente arraigada y es incurable. Todo lo que un médico puede hacer es parchar una mortalidad humanamente incurable.

El Señor Jesucristo es el único médico verdadero. Él nos ofrece resurrección a una existencia con cuerpo espiritual. Promete formarnos a semejanza de su glorioso cuerpo. Su compromiso es que aunque estemos afligidos con todos los dolores que la carne hereda en esta vida actual, sí, desfigurados por todas las distorsiones de las enfermedades--aunque muramos en muerte asquerosa, y seamos colocados en el sepulcro como una masa de pestilente corrupción--resucitaremos a un estado puro e incorruptible, en el cual nuestros cuerpos serán "cuerpos espirituales"; no que sean etéreos, lo cual no es su característica, sino porque estarán directamente activados por el espíritu de Dios, y llenos en cada átomo con el inextinguible y concentrado poder vivificante de Dios mismo. Este es el testimonio de Cristo (Juan 3:6): "Lo que es nacido del Espíritu, ESPIRITU es". Él había dicho: "Lo que es nacido de la carne, carne es". Hombres y mujeres mortales nacen de la carne; por lo tanto, no son más que carne; un viento que pasa y no vuelve; pero cuando el hombre es "nacido del Espíritu" ya no es más el frágil y perecedero linaje de Adán. Su ser corruptible se ha vestido de incorrupción. Es un hijo de Dios, invencible, todopoderoso e inmortal. "Son hijos de Dios", dice Jesús, hablando de la resurrección que es para vida, "AL SER hijos de la resurrección". (Lucas 20:36)

Pablo dice: "El que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales POR SU ESPIRITU que mora en vosotros". (Romanos 8:11) Este es un segundo nacimiento que ha de ser efectuado por el Espíritu de Dios; y sobre el principio establecido por Cristo, todos los que sean beneficiarios de esta acción del Espíritu sobre sus cuerpos mortales, serán "nacidos del Espíritu" y, por lo tanto, serán "espíritus" en naturaleza, o cuerpos "espirituales"--cuerpos conservados con vida por medio de la acción directa del espíritu de vida, sin la participación intermediaria de la sangre--tabernáculos inmortales y sin sangre del espíritu de vida en la carne y los huesos, como el Señor Jesús; no pálido y lívido como estaría un cuerpo humano sin sangre, sino hermoso con el resplandor eléctrico del Espíritu, que puede mostrar color de otro modo que por sangre. Viviendo por medio de la completa permeabilidad del espíritu de vida en la sustancia de sus naturalezas, serán gloriosos y poderosos, "puros como la gema, fuertes como diamante, incorruptibles como oro", gloriosos en el sentido de luminosidad física, según se ejemplificó en el Señor Jesús cuando brilló con el lustre del sol en el monte de la Transfiguración, y, según está escrito:

"Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad". (Daniel 12:3)

Serán poderosos en el sentido de ser vigorosos e inagotables en el poder de las facultades, como está escrito:

"El Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra(...) no desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. El da esfuerzo al cansado y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán". (Isaías 40:28-31)

Serán incorruptibles en el sentido de ser de naturaleza que no se deteriora ni perece, y por lo tanto, libres de cualquier propensión al dolor o a la enfermedad. En esta condición perfecta, los justos tendrán una ilimitada eternidad ante ellos; gozo eterno sobre sus cabezas; no más congoja de ánimo; no más preocupación y desfallecimiento ante las aflicciones de la vida mortal; no más sufrimiento; no más envejecimiento; no más fallecimiento, sino pura perfección, armonía ininterrumpida, amor inextinguible, gozo indescriptible, y plenitud de gloria. Este será el estado feliz de los justos; esta la consumación de aquella bendita promesa: "Destruirá la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros". (Isaías 25:8)

Esta preciosa vida e inmortalidad sacada a luz por Jesucristo no se ha de conferir indiscriminadamente. No la alcanzarán todos los seres humanos; sólo unos pocos serán considerados dignos. La preciosa dádiva se ofrece libremente a todos; pero es condicional. No se dará a los infieles ni a los impuros. La perfección del carácter debe preceder a la perfección de la naturaleza. La aptitud moral es el requisito previo indispensable, y Dios es el juez y el que define la apropiada aptitud moral necesaria en el caso. Esto está demostrado por los siguientes pasajes:

"Vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad". (Romanos 2:7)

"Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros". (Juan 6;53)

"El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida" (Juan 3:36).

"Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre". (Juan 20:31)

"Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere será condenado". (Marcos 16:15, 16)

"De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación". (Juan 5:24)

"Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida". (Apocalipsis 21:6)

Estos testimonios dan el golpe de gracia al universalismo. Basan la salvación en condiciones que excluyen a la mayoría del género humano. La restringen a una clase que ha sido siempre poco numerosa entre los hombres, y refutan eficazmente la errada teoría de benevolencia que proclama la "restauración universal" de todo ser humano. Esto puede mostrar al cristianismo como un asunto muy limitado, pero no más limitado que su alcance divinamente determinado. "Estrecha es la puerta, y angosto el camino"; ésta es su característica, y no está exenta de sabiduría. Su objetivo es el desarrollo de una familia aprobada de entre los hijos de los hombres. Las vastas poblaciones del mundo son tan sólo incidentales a este plan. Vienen y van; y como carne, no hay en ellos ningún provecho. Salen de la nada, y vuelven a la situación de la cual salieron. Es sólo la teoría de la inmortalidad humana universal la que da origen a la idea de la salvación humana universal. Cuando la naturaleza humana se considera en su verdadero nivel de vanidad, la dificultad se desvanece.

Aquellos que están excluidos de la vida eterna se dividen en dos clases--primero, los que oyen la palabra y la rechazan; y segundo, aquellos a quienes las circunstancias les impiden absolutamente oírla, tales como los paganos de la antigüedad, y los nativos de países incivilizados. La segunda clase incluye una tercera, a saber, aquellos cuyas desgracias les impiden creer, aun cuando oyen la palabra, tales como los retardados mentales y los niños pequeñitos. El destino de la primera clase (aquellos que oyen la palabra y la rechazan) está claramente expresado. Quedarán reservados para castigo:

"El que me rechaza, y no recibe mis palabras [...] la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero". (Juan 12:48)

"El que no creyere, será condenado". (Marcos 16:16)

El castigo se inflige al tiempo de la resurrección, como Jesús dice: "Los que hicieren lo malo, [saldrán] a resurrección de condenación". (Juan 5:29) Sin embargo, esta "resurrección de condenación" no es una resurrección a vida sin fin o al fuego del infierno, según la aceptación popular. Es una resurrección a vergüenza y corrupción judicialmente administrada. El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción (Gálatas 6:8), la cual termina en el triunfo del gusano y del fuego sobre su ser, es decir, en la muerte. Se levantan para la vergüenza y confusión de un rechazo divino y censurador, en el cual se infligen "algunos azotes" o "muchos azotes" según merecen; diferencias en la duración e intensidad del sufrimiento según lo requiera la justicia, después de lo cual los inicuos son finalmente absorbidos en la "segunda muerte", lo que hace desaparecer su miserable existencia de la creación de Dios. Siendo inútiles, son eliminados y desaparecen para siempre donde "los impíos dejan de perturbar". (Job 3:17)

Esto debe haber sido evidente por los numerosos testimonios citados en el capítulo anterior. Una teología paganizada se deleita en asignarlos a una existencia perpetua de tormento. Esta idea se basa en ciertas expresiones oscuras del Nuevo Testamento que se supone la apoyan, pero las cuales, cuando se entienden correctamente, no tienen tan terrible significado. "El fuego que no se apaga" es una de estas expresiones; parece implicar la existencia consciente eterna de los inicuos, pero la reflexión mostrará que indica todo lo contrario. Si el fuego no se apaga, entonces no se puede eludir la destrucción. Esta frase se usa en este sentido en Jeremías 17:27, Ezequiel 20:47 y en otros lugares. Lo mismo se aplica al "gusano que no muere". Los gusanos de Herodes no murieron y la consecuencia fue que ÉL murió (Hechos 12:23). Si los gusanos hubiesen muerto, Herodes se hubiera recuperado. Se afirma que los inicuos sufrirán "castigo eterno", pero esto no implica tormento interminable. La palabra griega aionios, traducida como "eterno", no significa necesariamente una perpetuidad infinita. Acerca de la palabra aion, "época", de la cual se deriva el adjetivo aionios, Parkhurst observa: "Denota duración o continuidad de tiempo, pero con gran variedad. Por lo tanto, aionios significa perteneciente a la época, sin fijar la duración, la cual se determina por la extensión de aquello donde se aplica la palabra. En el caso que nos ocupa, se habla del castigo de los inicuos. Y como sabemos, por otros pasajes de la Escritura, que el castigo que se efectuará en el tiempo de la retribución termina en la muerte, se nos permite ver que la "aion" del castigo es sólo coextensiva con la duración de aquel castigo.

Algunos imaginan que la aplicación de este principio a la frase "vida eterna" destruye la esperanza de la inmortalidad, haciéndola algo que puede tener limitación. Si nada se dijera fuera de la frase "vida eterna (aionios)", tendríamos un fundamento inseguro para la esperanza de vivir para siempre. En ese caso, sabríamos solamente que hubo una vida perteneciente a la época; una vida relacionada con la época venidera de la intervención de Dios en los asuntos humanos; pero esa frase no nos daría ninguna información referente a la naturaleza de esa vida o su duración. Pero el asunto no se queda en este estado inseguro. Otros testimonios nos informan explícitamente que mientras el castigo aionios termina en la muerte, la vida que se conferirá en aquella misma aion es inextinguible: "Los que fueron tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo [...] NI SE CASAN NI SE DAN EN CASAMIENTO. Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles". (Lucas 20:35-36) "Ya NO HABRA MUERTE". (Apocalipsis 21:4) "No perecerán jamás". (Juan 10:28) "Destruirá a la muerte para siempre." (Isaías 25:8) "Porque es necesario que...esto mortal se vista de inmortalidad." (1 Corintios 15:53) Si la inmortalidad tuviese fin, no sería inmortalidad. La vida aionios es vida perpetua. Sabemos esto, no por el uso de la palabra aionios, que nada nos dice sobre el tema, sino por testimonios como los ya citados.

La segunda clase de personas que no alcanzan vida, son las que no han visto jamás la luz, y por lo tanto, no la han rechazado jamás y por esa razón no pueden ser candidatos al juicio que aguarda a aquellos que han oído la palabra. ¿Qué se hará con ellos? Es común suponer que estarán entre los redimidos. Pero ¿quién puede abrigar semejante suposición, en vista del hecho de que son pecadores y ya están excluidos de la vida? Además, si la oscuridad y la ignorancia son un pasaporte al reino de Dios, ¿por qué envió Jesús a Pablo "para que [los gentiles] se conviertan de las tinieblas a la luz [...] para que reciban [...] herencia entre los santificados"? (Hechos 26:18) Si la salvación es segura para los ignorantes, sería mejor dejar que permanezcan en ignorancia y no poner en peligro su destino eterno dándoles la responsabilidad del conocimiento. Debemos recordar que las circunstancias mismas que impiden a la clase en cuestión rechazar al Mesías, también les impide aceptar a aquel en quien hay esperanza y vida. No tienen ninguna de las responsabilidades de los que rechazan el evangelio, pero tampoco tienen ninguno de los privilegios de los creyentes instruidos y obedientes. ¿Qué, pues, pasa con ellos? Pablo contesta la pregunta en Romanos 2:12: "Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán". Paganos, idólatras, retardados mentales y niños incapaces de entender no son responsables ante ninguna ley. Por lo tanto, no serán levantados en la resurrección. La muerte pasa sobre ellos bajo la única ley que les atañe: la ley de Adán; y duermen para no ser más perturbados. Su situación se describe en el siguiente pasaje de Isaías 26:14:

"Muertos son, no vivirán; han fallecido, no resucitarán; porque los castigaste, y destruiste y deshiciste todo su recuerdo".

Una declaración similar se hace en Jeremías 51:57, con respecto a la aristocracia de Babilonia, quienes pertenecían precisamente a la clase de personas de la cual estamos hablando:

"Y embriagaré a sus príncipes y a sus sabios, a sus capitanes, a sus nobles y a sus fuertes; y dormirán sueño eterno y no despertarán, dice el Rey, cuyo nombre es Jehová de los ejércitos".

Dios es justo, y en esto su justicia queda de manifiesto. El no podría castigarlos con justicia ni tampoco podría recompensarlos con justicia; por lo tanto, los desecha.

Esto completa la esencia de lo que ha de presentarse en referencia a la naturaleza condicional de la inmortalidad, como una dádiva que se conferirá en la resurrección. La proposición es clara y la evidencia concluyente. Que sea el feliz destino de todos los que leen estas páginas heredar la gloriosa dádiva.


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