LA NATURALEZA HUMANA ES ESENCIALMENTE MORTAL, SEGÚN LO DEMUESTRA LA "NATURALEZA" Y LA REVELACION.

El estudiante de la Biblia encontrará que en nada se halla la cristiandad más alejada de la verdad que en la creencia teológica común acerca de la naturaleza del hombre. Averiguaremos ahora qué es lo que enseña la Biblia sobre el tema, y al obtener la respuesta bíblica, procuraremos confirmar esa respuesta acudiendo a la naturaleza, otro gran testigo de Dios. Nuestro argumento podrá dar la impresión de tener tendencias irreligiosas, pero estamos seguros de que esta impresión desaparecerá de la mente de aquellos que pueden distinguir entre el capricho intelectual y la ferviente convicción sostenida por razones demostrables. La proposición que mantendremos (y pedimos su atenta consideración a la evidencia que la apoya) le parecerá sorprendente al principio. Es que la doctrina de la inmortalidad del alma es una doctrina falsa, que efectivamente impide que el que cree en ella realmente comprenda la verdad referente a la obra y enseñanza de Cristo.

Consideremos primeramente cual es la teoría universal referente a la constitución humana. Ésta enseña que en su naturaleza esencial el hombre es un ser "espiritual", inmaterial e inmortal, que vive dentro de un cuerpo material compuesto de los órganos necesarios para la manifestación de su personalidad interna, invisible e indestructible en este mundo externo y material. Este cuerpo físico no se considera esencial para la identidad o existencia del hombre. Se entiende que su verdadero ser subsiste en la entidad inmaterial o chispa divina llamada alma o espíritu. Los órganos que componen el cuerpo son considerados como cosas que el hombre utiliza tal como un mecánico utiliza sus herramientas; son los elementos externos por cuyo medio se ejecutan los mandatos del "hombre interno". Las cualidades mentales--tales como la razón, los sentimientos, carácter, etc.--se consideran como atributos de la "esencia" espiritual que se supone constituye al hombre. Se admite, por supuesto, que el cuerpo se deriva materialmente del "polvo de la tierra", pero se cree que la "esencia" ha venido de Dios mismo--que en realidad es una parte de la Deidad--una chispa o partícula que se desprendió de la naturaleza divina y que tiene una facultad y existencia inteligente, independientemente del organismo sólido con el cual está asociada. En conformidad con esta creencia, no se considera que la muerte afecta la existencia del hombre. Se le considera sencillamente como la destrucción del organismo material, que libera al hombre inmortal e intangible de la esclavitud de esta "envoltura mortal" y "despojado" de ella, se va volando a las regiones espirituales, para felicidad o miseria eternas, según hayan sido sus "obras de la carne".

Ahora bien, en oposición a esta creencia, mostraremos que, según las Escrituras, el hombre carece de inmortalidad en todo sentido; que es una criatura de sustancia organizada que subsiste por el poder vivificante de Dios, que él comparte con toda criatura viviente bajo el sol; que sólo disfruta de esta vida durante un breve período promedio de setenta años, al final de los cuales la entrega a Aquel de quien la recibió; y el hombre regresa al polvo, de donde originalmente vino, y desde entonces deja de existir. Semejante afirmación podrá parecer sorprendente para la susceptibilidad religiosa común, pero exige una investigación. Nuestra tarea es examinar las pruebas. La evidencia es el punto principal con el cual tenemos que tratar, y esa evidencia es de dos clases, según se ha indicado--1º, el testimonio de los hechos naturales existentes; y, 2º, la declaración de la palabra inspirada de Dios.

Puede parecer inapropiado siquiera tomar en cuenta los hechos naturales al tratar un asunto cuya autoridad le corresponde a las Santas Escrituras. Esta impresión desaparece cuando recordamos que casi todos los argumentos que apoyan a la doctrina popular se derivan de hechos naturales. Trataremos de mostrar que todos los argumentos sobre los cuales está fundada son falsos; tanto desde el punto de vista natural como bíblico. A pesar de lo desagradable que semejante proceso pueda parecer a mentes puramente sentimentales, es el único por cuyo medio las mentes inquisitivas pueden quedar satisfechas. Trataremos de mostrar: 1º, que los hechos naturales aducidos en apoyo de la inmortalidad del alma no constituyen de manera alguna una prueba de la doctrina; y, 2º, que existen ciertos hechos naturales que invalidan semejante doctrina. Luego mostraremos que el testimonio de la Escritura es enteramente incompatible con la doctrina popular, y enseña, en efecto, como uno de los primeros principios de la verdad revelada, que el hombre es mortal por causa del pecado.

El primer argumento que habitualmente emplean aquellos que se empeñan en demostrar filosóficamente la doctrina, es así: Ellos dicen que la materia no puede pensar, y puesto que el hombre piensa, debe haber una esencia inmaterial en él que se encarga de pensar, y que, como la esencia es inmaterial, debe ser indestructible y, por lo tanto, inmortal. Este es un antiguo argumento, y aparentemente firme a primera vista. Consideremos: ¿Es totalmente correcto suponer que la materia no puede pensar? Por supuesto, es evidente que las sustancias inanimadas, tales como la madera, el hierro, no pueden pensar; pero, ¿no puede la substancia de cualquier forma y condición desarrollar un poder mental? Negar esto requeriría que el que lo niega puede en primer lugar definir donde termina el imperio de lo que se llama "materia", y probar que él está familiarizado con cada parte de este imperio. ¿Cuáles son los límites que dividen ese departamento de la naturaleza denominado "materia", de la cual los antiguos metafísicos han separado la "mente"? La tierra, las piedras, el hierro, y la madera entrarían en la categoría de la materia sin objeción, pero, ¿qué puede decirse del humo? Podría replicarse que el humo es materia en difusión; bien, ¿qué puede decirse de la luz y el calor? Difícilmente podría clasificarse a la luz y al calor dentro de cualquiera de las definiciones comunes de la materia, y, sin embargo, tienen una relación sumamente íntima con la materia en su forma más tangible. Nada puede superar a la luz en sutileza e imponderabilidad. ¿Está dentro o fuera del imperio de la materia? El metódico metafísico quedaría desconcertado para contestar. Y si queda perplejo con respecto a la luz, ¿qué contestaría en relación con la electricidad, un poder más incontrolable que cualquier fuerza de la naturaleza--un principio que existe en todo, a pesar de que no puede ser palpado por los sentidos, excepto en los efectos que produce--invisible, inmaterial, omnipotente en sus acciones, y esencial para la existencia misma de toda forma de materia? ¿Es esta parte de la "materia" de la cual el argumento ya citado excluye la posibilidad de fenómenos mentales? Si es así, ¿Qué es aquello que no es materia? Algunos dicen que el "espíritu" no es materia. En verdad, puede hallarse que el espíritu es la forma más elevada de la materia. Ciertamente, el "espíritu", según se nos muestra en las Escrituras, posee poder material. El Espíritu vino sobre los apóstoles en el día de Pentecostés, "como [...] un viento recio", e hizo sacudir el lugar donde se hallaban reunidos, mostrando que puede efectuar impulsión mecánica. Actuando sobre Sansón, dio energía a sus músculos hasta el punto de romper las cuerdas como si fuesen hilos (Jueces 15:14); y al ser inhalado por la nariz de hombres y animales, les da vida física (Salmos 104:30).

Es evidente que habría gran dificultad para llegar a una definición de la "materia" que sostenga el argumento que estamos considerando. En realidad, es sólo un sistema de pensamiento arbitrario, y desacreditado en tiempos modernos, lo que ha creado las diferencias implicadas en los términos de la metafísica. La naturaleza, que es de existencia universal, es una sola; es la incorporación de un solo poder primitivo; no está formada de dos elementos antagónicos e incompatibles. Dios es el origen de todo. En él existe todo; fuera de él nada se desarrolla. Diferentes elementos y sustancias no son más que diferentes formas de la misma esencia eterna o causa primera, que en la Biblia se describe como "espíritu", lo cual es Dios; y en el lenguaje científico se expresa por medio de una diversidad de términos superficiales. La palabra "materia" describe sólo un aspecto de la creación, tal como se presenta al sentido finito; no toca la esencia del elemento, aunque esa sea la intención del sistema falto de perspicacia que la inventó, el cual no pasó por las pruebas de experimentación y observación.

Pero si es difícil fijar los límites de la insensible materia, hay otra dificultad que es igualmente fatal para el argumento, a saber, la dificultad de definir el proceso que se expresa por la palabra "pensar". Sería necesario definir este proceso antes de que sea legítimo sostener que cada forma de materia está incapacitada para pensar; porque a menos que se defina, ¿cómo podríamos decir cuándo y dónde es posible o no? Decir que la materia no puede pensar es virtualmente sostener que la naturaleza del pensamiento es de una manera y que la naturaleza de la materia es de otra manera, en consecuencia de lo cual no tienen relación mutua. Hemos visto la imposibilidad de aceptar este razonamiento con respecto a la "materia". ¿Quién definirá el modus operandi del pensamiento? Sólo puede hacerse en términos generales, que destruyen el argumento que estamos revisando. Aunque, en lo que concierne a la experiencia humana, es un poder desarrollado por la organización del cerebro, y consiste en impresiones hechas sobre ese delicado órgano por medio de los sentidos, y posteriormente clasificadas y ordenadas por esa función que pertenece en diferentes grados al cerebro en forma humana, y que se conoce como la razón. Esto es cuestión de experiencia. No puede hacerse a un lado como un hecho, cualquiera que sea la reserva que se tenga en cuanto a la explicación del hecho. Es un hecho que destruye el argumento metafísico, en vista de que nos muestra lo que el argumento niega, a saber, que la materia del cerebro energizado eléctricamente está capacitado para desarrollar pensamientos.

El argumento total en referencia está basado en una falsedad. Supone un conocimiento de las capacidades de la "naturaleza" que es imposible que el hombre sepa. Los químicos pueden identificar el número y proporción de los gases elementales que forman parte de cualquier compuesto; pero ¿quién entiende la naturaleza esencial de cualquiera de aquellos elementos por separado? Mientras más eruditos se hacen los sabios, más inseguros se sienten sobre este tema. No tienen certeza de casi nada que tenga que ver con los secretos de la naturaleza. El progreso de la investigación biológica durante el siglo pasado es elocuente sobre este tema. Nadie excepto los ignorantes o los superficiales serían tan insensatos como para trazar la línea que fije el límite de lo posible. ¿Qué es la naturaleza? La esfera de la omnipotencia, el campo de acción de las acciones de Dios. ¿Podemos decir que hay algo imposible para Dios? Es cierto que la materia inanimada, tales como el hierro o la piedra, no puede pensar; pero sabemos, experimentalmente, que existe algo que es "materia viviente", y que la materia viviente es sensible y pensante por medio de su estructura física, lo cual es sólo otra frase para expresar su don divino. Esta es una materia de la experiencia, ilustrada en grados en cada departamento del reino animal.

Se sostiene que la posesión de la "razón" es evidencia de la existencia en el hombre de un alma inmortal e inmaterial. Es difícil descubrir la lógica de este argumento. La razón es incuestionablemente un atributo maravilloso y una función incomprensible de la maquinaria mental; pero, ¿cómo puede utilizarse para probar la existencia de un algo que está más allá del conocimiento, en vista de que no puede haber una conexión conocida entre aquello que es incomprensible y aquello que es desconocido? Decir que tenemos un alma indestructible porque tenemos la facultad de razonar, es repetir el error de nuestros antepasados de la generación pasada, que atribuían los avances tecnológicos a la acción de Satanás, porque en su ignorancia no podían explicarlos de otra manera. No podemos entender cómo es que se expresa la razón por medio de la estructura con la cual la ha dotado Dios, pero estamos obligados a reconocer el hecho auto-evidente de que efectivamente así ocurre.

Además, se argumenta que el poder de la mente para "viajar", mientras el cuerpo permanece inactivo, es prueba de su naturaleza inmaterial y, por lo tanto, inmortal. Veamos. ¿En qué consiste este "viaje" de la mente? ¿Se traslada la mente por un espacio literal y presencia otros lugares? Un hombre que ha estado en los Estados Unidos ha visto muchas escenas, y luego regresa a casa; ocasionalmente, vuelve a ver esas escenas; las impresiones dejadas en el sensorio del cerebro por medio de los órganos de la vista y el oído, mientras estuvo en los Estados Unidos, se reviven tan nítidamente que en realidad puede imaginarse que está en aquel lugar del cual lo separan miles de kilómetros de distancia. Seguramente nadie sostendrá que cada vez que le sobreviene esta fantasía, su mente virtualmente sale de su cuerpo, y se traslada al lugar en el cual pensó. Si se insiste en esto, debería permitirse también que el hombre, cuando se traslada espiritualmente, debería presenciar lo que realmente está ocurriendo en el país al momento de su presencia espiritual, y que, por lo tanto, podríamos prescindir del correo y del telégrafo como instrumentos inoperantes para acceder a las noticias en comparación con la facilidad y rapidez de la almografía. Pero nadie sostendrá esto. También podríamos decir que los lugares y personas que vemos en nuestros sueños tienen una existencia real. En ambos casos el fenómeno es el resultado de un proceso que ocurre dentro del cerebro. La memoria atesora impresiones que recibe, y las reproduce según se presenta la ocasión; claras, tranquilas y coherentes, si el cerebro está en condiciones sanas; confusas, incoherentes y aberrantes, si el cerebro está trastornado, ya sea en el sueño o despierto. En ningún caso la fantasía implica un traslado literal de la mente de un lugar a otro; y de ahí que el argumento del "viaje" caiga por tierra. Si un hombre pudiera ir a la China, mientras su cuerpo permanece en Gran Bretaña, y ve al país y a la gente tal como realmente son, podría haber algo digno de consideración, aunque ni siquiera entonces probaría la inmortalidad del alma, sino sólo el maravillosos poder del cerebro como un instrumento vivo, al actuar desde largas distancias por medio de una atmósfera eléctrica.

El poder de soñar se cita como otro hecho favorable a la doctrina popular; pero aquí de nuevo el argumento falla; porque el sueño está invariablemente conectado con el cerebro vivo. Además, ¿quién ha soñado un sueño sensato? Los sueños, en general, son una mezcla de hechos confusos e ilógicos que en un tiempo u otro han estado almacenados en la bodega del cerebro; y si probasen algo referente a un espíritu pensante, independiente del cuerpo, es que el espíritu pierde su poder en la exacta proporción a su separación de la ayuda del cuerpo; y que, por lo tanto, sin el cuerpo presumiblemente carecería de poder.

Seguidamente se sostiene que la inmaterialidad de la naturaleza del hombre está probada por el hecho de que aunque puede estar privada de una extremidad, retiene una percepción de esa extremidad, y algunas veces incluso siente dolor en ella. El argumento es que si el hombre está consciente de una parte de sí mismo cuando le falta el órgano material de esa parte, él estará consciente de su ser completo cuando le falte todo el cuerpo. Esto parece plausible; pero examinémoslo. ¿Por qué está consciente el hombre de que le falta un miembro? Porque los nervios independientes de ese miembro permanecen en el sistema desde el punto de la separación hasta su lugar en el cerebro; de manera que aunque pueda faltar la mano o pie, el cerebro continúa sintiendo como si estos estuviesen presentes, porque los nervios que producen la sensación de su presencia están aún activos en el centro del cerebro. Pero si, cuando a uno le amputan una pierna, se pudiera también quitar todos los nervios de la pierna desde el punto de la amputación hasta sus raíces en el cerebro, y aún mantuviera conciencia del miembro amputado, entonces el argumento merecería consideración.

Pero aún falta mencionar el argumento natural más poderoso a favor de la doctrina popular. Es aquel en el cual principalmente confían todos sus grandes defensores. Es este: Es un hecho averiguado en fisiología que la sustancia de nuestro cuerpo pasa por un total cambio cada siete años--esto es, hay un proceso gradual de sustitución efectuándose, por el cual los átomos, uno tras otro, son expulsados del cuerpo a medida que se agotan sus cualidades vitales, y su lugar lo ocupan nuevos átomos que proceden de la sangre; de manera que al término del período mencionado, el cuerpo está compuesto de sustancia totalmente nueva. Sin embargo, a pesar de esta constante mutación de los átomos materiales del cuerpo, y de este periódico cambio de su completa sustancia, la memoria y la identidad personal se mantienen sin alteraciones hasta el fin de la vida. Un anciano de ochenta años siente que es la misma persona que era a los diez años, aunque a los ochenta él no tiene ni una sola partícula de la materia que componía su cuerpo cuando era un muchacho, y el argumento es que la facultad para pensar y el poder de conciencia debe ser atributo de algún principio inmaterial que reside en el cuerpo, pero que no sufre cambio alguno. Ahora bien, esto tiene toda la apariencia de ser concluyente. Sin embargo, examinémoslo cuidadosamente. La pregunta que se ha de considerar es si este hecho de continua identidad en medio del cambio de átomos, puede explicarse en conformidad con el punto de vista que considera a la mente como una propiedad de la sustancia del cerebro vivo. La pregunta se contesta por este bien conocido hecho, que las cualidades que resultan de cualquier combinación orgánica de átomos son transmisibles a otros átomos que pueden tomar su lugar como constituyentes orgánicos. Un átomo como el que existe en el alimento no tiene facultad de sensación; pero al ser asimilado por la sangre e incorporado a cualquiera de los nervios, entonces adquiere una facultad sensitiva que antes no tenía. Llega a ser parte de la organización, y siente, ya sea que pertenezca a un hombre o a un animal. ¿Por qué? Porque toma y perpetúa las cualidades orgánicas que tenía su predecesor. Sobre la base de este principio, encontramos que la marca de una cicatriz permanecerá en la carne durante toda la vida: y lo mismo ocurre con la decoloración de la piel, que existe en algunas personas por causas congénitas. Esta perpetuación de una desfiguración física no podría ocurrir si no fuera por el hecho de la transmisibilidad de cualidades corporativas a constituyentes corporativos migratorios. Ahora bien, si aplicamos este principio al cerebro, tenemos una completa solución de la aparente dificultad en la que está fundado el argumento de la pregunta ya mencionada. La mente es el resultado de las impresiones en el cerebro humano, y la identidad personal es el resultado de la suma de estas impresiones. Esta definición puede ser rechazada con desdén, pero se presta tranquilamente para una honesta reflexión. El estudiante de la naturaleza humana no podrá ponerla en duda, aunque puede que no la entienda. La impresión mental es un hecho, aunque un misterio, igualmente en hombres como en animales; y los hechos son las cosas con las cuales tienen que lidiar los sabios. Es imposible explicar, ni siquiera comprender, el proceso por el cual se engendran los pensamientos en los tejidos del cerebro; pero que semejante proceso se efectúa, no puede negarse. Estamos conscientes del proceso, y sentimos el resultado en la posesión de la individualidad separada--el poder de contemplar a todas las otras personas y cosas objetivamente. Ahora bien, a fin de perpetuar este resultado, todo lo que se necesita es preservar la integridad del órgano que lo ejecuta. Esto, por supuesto, implica que se introduzca material nuevo en su estructura, pero no implica una invasión del proceso que se está desarrollando ahí, lo cual es lo que supone el argumento ya mencionado; el proceso vence al material y lo convierte para su propio uso, y no es el material el que vence al proceso. ¿Quién supo jamás de que el hueso de un hombre se haya convertido en trigo por comer harina? El aparato nutritivo asimila, lo cual representa, en realidad, la respuesta al argumento. El material nuevo que entra en el cerebro es asimilado por la condición existente, y, de este modo, aunque los átomos vienen y van durante toda una vida, la condición permanece sustancialmente inalterada, como el fuego mantenido por el combustible. Entonces, si se nos pregunta, cómo es que un hombre de ochenta años se siente como la misma persona que era a los diez, aunque su sustancia completa ha cambiado, replicamos que aquellas impresiones de su cerebro que le permiten sentir que él es el mismo, se han conservado en todo momento, aunque modificadas por las circunstancias y condiciones por las cuales él ha pasado. El proceso de cambio es tan lento que los nuevos átomos toman sobre sí las cualidades orgánicas de los átomos deteriorados, a medida que se van incorporando gradualmente al cerebro, y sostienen el resultado general de la acción del cerebro al preservar su función continua inalterada. Si pudieran citarse casos en que la identidad ha sobrevivido a la destrucción del cerebro, el asunto sería diferente; pero como hecho comprobable, sólo se ha de encontrar en conexión con una estructura cerebral perpetuada.

Estos son los principales argumentos "naturales" que se utilizan confiadamente como prueba del concepto teológico corriente de la inmortalidad del alma. Se observará que ninguno de ellos es realmente lógico. Cada uno de ellos se desmorona cuando se le examina minuciosamente. Desde el otro lado de la pregunta se encontrará que el argumento natural se presenta de una manera muy diferente. Desde el comienzo mismo nos vemos confrontados con la dificultad de concebir cómo puede la inmaterialidad tener una unión íntima con una estructura material. La cohesión y la conglomeración requieren afinidad como primera condición, pero, en este caso, la afinidad está totalmente ausente. ¿Qué conexión puede existir entre la "materia" y el principio inmaterial de la creencia popular? Debido a sus respectivas naturaleza, no son susceptibles de combinación. Sin embargo, frente a esta dificultad, encontramos que la mente está localizada en el cuerpo. No es algo etéreo y vago, que puede desprenderse de la persona material. Está inexorablemente fijo en la armazón, y nunca la deja mientras continúe la vida. Si preguntamos en qué porción del cuerpo está específicamente localizada, instintivamente contestamos que no está localizada en la mano, ni en el pie, ni en el estómago, ni en el corazón, ni en ninguna parte del tronco. Nuestra conciencia infaliblemente nos dice que está en la cabeza. Sentimos por experiencia propia, cualquiera que pueda ser nuestra teoría, que la mente cohabita con la sustancia del cerebro.

Extendiendo nuestra observación externamente, nunca descubrimos la mente sin un correspondiente desarrollo del cerebro. Siempre se constata que un cerebro deficiente manifiesta una razón deficiente, y viceversa. Las mentes maestras en la ciencia y en la literatura tienen cerebro más grande y profundamente enroscado. Si la teoría popular fuera correcta, la mente debería mostrarse independientemente de la cantidad o calidad de la estructura.

Además, si la mente fuera inmaterial, sus funciones no se verían afectadas por la condición del cuerpo. La facultad de pensar y sentir nunca disminuiría en vigor o vivacidad. Deberíamos estar siempre serenos y con la cabeza despejada--siempre listos para el "estudio", cualquiera que sea el estado de la maquinaria corporal, pero nosotros sabemos que la verdad es todo lo contrario. La enfermedad o el exceso de trabajo agotarán las energías mentales y dejarán a la mente en blanco. La languidez y el embotamiento de espíritu son de experiencia común. Todos podemos dar testimonio de días de aburrimiento, en los cuales la mente ha rehusado efectuar su oficio; y podemos recordar también un dormir inquieto cuando nos han asustado horribles visiones. Esto nunca ocurre en un buen estado de salud, sino siempre cuando la estructura material está trastocada. ¿Cómo es esto? ¿No señala en contra de la teoría que representa a la mente como algo inmaterial, incorruptible, imperecedero? La mente es hija del cerebro, y por lo tanto se ve afectada por todos sus desórdenes pasajeros.

Extendamos el proceso un poco más. Si el cerebro recibe daño, entonces percibimos una muy notable refutación de la idea popular: la mente se desvanece del todo. El siguiente extracto es ilustrativo:

RICHMOND menciona el caso de una mujer cuyo cerebro quedó expuesto como consecuencia de que por una enfermedad se le debió extirpar una parte considerable de su cobertura ósea. Él dice: "Repetidamente ejercí una presión en el cerebro, y cada vez se suspendía todo sentimiento y todo intelecto, lo cual se restauraba inmediatamente cuando se retiraba la presión". El mismo escritor menciona otro caso. Él dice: "Había un hombre que tuvo que ser trepanado, y que percibía que sus facultades intelectuales fallaban, y que su existencia llegaba a su fin cada vez que la sangre vertida se acumulaba en el cerebro hasta el extremo de producir presión".

EL PROF. CHAPMAN, en una de sus cartas, dice: "Vi a una persona con su cráneo perforado y el cerebro expuesto, el cual estaba acostumbrado a presentar su cerebro para que se experimentara con la presión, y el cual fue presentado a su clase por el difunto Prof. Weston. Su intelecto y facultades morales desaparecieron al aplicar presión al cerebro. Fueron mantenidos bajo el pulgar, por decirlo así, y restaurados a placer a su plena actividad al descontinuar la presión.

Pero de todos los hechos, el siguiente relatado por Sir Astley Cooper, en sus disertaciones quirúrgicas, es el más notable: "Un hombre llamado Jones recibió una lesión en la cabeza mientras estaba a bordo de un barco en el Mediterráneo, que lo dejó insensible. Poco después, el barco se dirigió a Gibraltar, donde Jones fue dejado en un hospital, permaneciendo varios meses en el mismo estado insensible. Fue llevado a bordo de la fragata Dolphin hasta Deptford, y desde allí fue enviado al Hospital St. Thomas, en Londres. Yacía constantemente de espaldas y respiraba con dificultad. Cuando tenía hambre o sed, movía los labios o la lengua. El Sr. Cline, el cirujano, encontró una parte del cráneo hundida, así que lo trepanó y corrigió la parte hundida. Inmediatamente después de esta operación, el movimiento de sus dedos, ocasionado por el latido del pulso, cesó, y en tres horas se sentó en la cama, la facultad de sentir y la voluntad regresaron, y en cuatro días se levantó de la cama y conversó. Lo último que recordaba fue que estaban pescando en el Mediterráneo. Desde el momento del accidente, ocurrido hacía ya trece meses y algunos días, el olvido se había apoderado de él, cesando todo recuerdo. No obstante, al quitar una pequeña parte del hueso que presionaba al cerebro, recuperó la plena posesión de las facultades de su mente y cuerpo".

Estos casos no están en conformidad con la teoría popular acerca de su mente. Aquí ocurrió la suspensión de la acción mental sobre el trastorno de la estructura material. Obviamente, la mente no es el atributo de un principio que exista independientemente de esa estructura. Los hechos muestran que la facultad de pensar es dependiente de la acción del cerebro, y, por lo tanto, no puede ser la acción de un principio inmaterial, el cual nunca podría ser afectado por ninguna condición material.

Hay otras dificultades. Si la mente fuera una chispa de Dios, y si fuera una parte de la Deidad misma, transfundida a la estructura material (y este es el punto de vista que sostienen los creyentes en la inmortalidad del alma), nuestras facultades deberían brotar en plena madurez en el nacimiento. En vez de eso, como todos saben, un bebé recién nacido, no tiene una chispa de intelecto ni una vislumbre de conciencia. Según la teoría popular, debería poseer ambas facultades en plena medida, por causa del principio pensante inmaterial. Nadie puede remontar sus recuerdos hasta su nacimiento. Quizás puede recordar cuando tenía tres años de edad; sólo en algunos casos puede recordar una fecha anterior. No obstante, si la creencia popular fuera correcta, los recuerdos deberían ser contemporáneos con la vida desde su primer momento mismo.

De nuevo; si todos participan por igual de esta divina esencia pensante, deberían manifestar el mismo grado de inteligencia, y mostrar la misma disposición. En vez de eso, hay una infinita diversidad entre los seres humanos. Uno es sagaz y otro es lerdo--uno vicioso y depravado, y otro sano y virtuoso--uno bueno y gentil, otro tosco y desconsiderado, y así sucesivamente. Debería haber uniformidad de manifestación si hubiera uniformidad de poder.

Hay tantos obstáculos naturales en el camino de la doctrina, que constituye el fundamento mismo de toda religión popular. Tales obstáculos refutan que el hombre sea una entidad inmaterial, capaz de tener una existencia desincorporada. Muestran que es un compuesto--una criatura de estructura material--dotado de vida por Dios, y ennoblecido con cualidades que lo constituyen "la imagen de Dios"; pero no obstante mortal en su constitución. ¿Por qué tanta oposición? Toda la evidencia natural está en su favor. Si hay misterios en ella, al mismo tiempo hay claridad. El misterio no es una base para la incredulidad. Esto queda de manifiesto por medio de la creencia universal en la inmortalidad del alma. Sin duda esto es bastante "misterioso". Con respecto a este tema, estamos rodeados de misterio. Sólo podemos aproximarnos a la verdad; el cómo de cualquier proceso orgánico está más allá de la comprensión; tan sólo podemos notar los hechos, e inclinarnos ante la presencia de fenómenos innegables. Aunque somos incapaces de entender el modo en que los nervios comunican las sensaciones, que los músculos generan fuerza, que la sangre provee la vida, etc., no podemos negar que estos agentes son las causas aproximadas de los resultados desarrollados, sea en los hombres o en los animales. ¿Por qué debería haber una excepción con respecto al pensamiento? Lo que sabemos de él, está todo conectado con la estructura física. No tenemos experiencia de una mente humana separada del cerebro humano. En realidad, no tenemos experiencia de ninguna facultad humana separada de su manifestación material; y en la habitual sentido sensible de pensar, se reconoce prácticamente que las diversas facultades vivas del hombre son propiedades de los numerosos órganos que componen colectivamente su ser. Si él ve, se reconoce que la facultad de ver es la función del ojo; si escucha, lo hace con los oídos, y que sin estos órganos, no puede ver ni oír. En la proporción que estos órganos estén formados perfectamente, hay una perfecta vista o audición. ¿Por qué no podría aplicarse este principio a la mente? El paralelo es completo. El hombre piensa, y tiene un cerebro con el cual pensar; y en la proporción que el cerebro esté organizado y desarrollado adecuadamente, su facultad de pensar funcionará bien. Si es grande, hay poder y extensión de la mente; si es pequeño, hay mediocridad; si por debajo del nivel, hay deficiencia intelectual y discapacidad. Estos son hechos separados de la teoría de cualquier clase; y prueban la conexión de la mente con la sustancia viva del cerebro, por más misteriosa que esa conexión pueda ser. Algunos dicen "no" a todo esto; "el cerebro es sencillamente el medio de la manifestación del alma; la deficiencia de intelecto y otras irregularidades mentales son el resultado de la imperfección de dicho medio"; pero esto es dar por sentado una suposición. Da como hecho el argumento mismo que se está considerando, a saber, la existencia de una abstracción pensante que se manifiesta a sí misma. Pero, incluso suponiendo que aceptáramos esa explicación, ¿de qué le sirve a la teoría popular? Si el alma no puede manifestarse a sí misma--no puede razonar, no puede reflexionar, ni estar consciente, ni amar, ni odiar, etc.--sin un "medio" natural, ¿cuál es su valor como agente pensante cuando está sin ese medio; es decir, cuando el cuerpo está en el sepulcro? Sin embargo, la explicación no puede aceptarse. Es tan sólo la ingeniosa sugerencia de una filosofía que se halla en apuros para mantenerse fuera de la confusión. Es mucho más sensato reconocer el hecho que lo que se presenta a nuestra experiencia literal, a saber, que todas nuestras facultades conscientes e inconscientes como seres vivos son el resultado de una unión entre el poder vital de Dios y la sustancia de nuestra estructura, y que no existen separadas de esa conexión en la cual se desarrollan.

LO QUE DICEN LAS ESCRITURAS

Recurrimos ahora a las Escrituras, cuya voz es de más peso que las falibles deducciones de la filosofía. ¿Y qué encontramos aquí? Una completa concordancia con los hechos naturales del caso. Primeramente, y lo más asombroso de todo (como parecerá a aquellos que piensan que la Biblia enseña la inmortalidad del alma), es que no se encuentran en ninguna parte de la Biblia aquellas frases comunes que se usan para expresar la doctrina popular. Términos como "alma eterna", "alma inmortal", "inmortalidad del alma", etc., que con tanta frecuencia se hallan en los labios de los maestros religiosos, son expresiones que no se encuentran en ninguna parte de la Escritura, desde Génesis hasta Apocalipsis. Cualquiera puede convencerse rápidamente de esto recurriendo a una concordancia bíblica, si es que no está familiarizado con las Escrituras. ¿Cómo hemos de explicar este hecho? Todas las enseñanzas esenciales de la Escritura son claras, inequívocas y abundantes. La existencia de Dios y su poder creador; sus propósitos con respecto al futuro; el mesiazgo de Jesucristo; el objetivo de su misión en la tierra; la doctrina de la resurrección, etc., están todas presentadas en forma tan clara como el lenguaje puede expresarlas; pero de la doctrina de la inmortalidad del alma no hay la más leve mención. Este hecho está reconocido por eminentes teólogos, pero no parece sugerirles que tal doctrina es ficticia. Argumentan lo contrario y afirman (o al menos sugieren) que la razón por la cual la Biblia pasa por alto la doctrina de la inmortalidad humana es porque es tan clara que no necesita enunciarse. Esto deja mucho que desear. Sería mucho más apropiado sugerir que el silencio de las Escrituras sobre el asunto indica precisamente lo opuesto. Si hemos de creer en la inmortalidad del alma sin evidencia bíblica, basándonos en una simple suposición de que se sobreentiende, ¿no podríamos asimismo sostener cualquier doctrina por la cual tengamos simpatía? Una actitud más razonable es por cierto dudar de una doctrina que no ha sido inculcada por Dios, y someterla al más riguroso escrutinio. Esta es la actitud adoptada en el presente capítulo; y hallaremos que el resultado del proceso será un completo derrumbamiento de tal doctrina. La Biblia no permanece en silencio sobre este asunto, aunque no dice nada acerca de la inmortalidad del alma. Provee evidencia directa y concluyente de la absoluta mortalidad del hombre.

Sin embargo, algunos tal vez no estén convencidos de que la doctrina de la inmortalidad del alma no está categóricamente mencionada en las Sagradas Escrituras. Recordando el constante uso de la palabra "alma", posiblemente estén dispuestos a considerar que la inmortalidad de ella está aprobada y respaldada de tal manera que hace innecesaria su enunciación formal. Para el beneficio de los tales, será provechoso considerar el uso que se hace en las Escrituras de esta palabra, a fin de descubrir su significado. Primeramente, recuérdese que en su derivación original la palabra "alma" significa simplemente una criatura que respira, sin ninguna referencia a su naturaleza o a la duración de su existencia. Este hecho está notablemente ilustrado en la traducción adoptada por los traductores en los primeros capítulos del Génesis. Tanto cuando se aplica a Adán (Gen. 2:7) o a las bestias, aves, reptiles y peces, se traduce como "ser viviente" (Génesis 1:20, 21, 24, 28). Esta palabra se emplea para expresar diversas ideas que tienen como razón fundamental la acción de respirar para vivir. En el ejemplo siguiente se aplica a personas:

"Tomó, pues, Abraham [...] las personas [almas, en el original hebreo] que habían adquirido en Harán; y salieron para ir a tierra de Canaán". (Gen. 12:5)

En el caso siguiente se aplica a animales:

"Y apartarás para Jehová el tributo de los hombres de guerra que salieron a la guerra; de quinientos, uno [un alma, en el original hebreo] así de las personas como de los bueyes, de los asnos y de las ovejas" (Números. 31:28).

También se utiliza para representar los pensamientos, el estado de ánimo, la vida, etc.; y se dice que aquello que describe puede tener hambre (Proverbios 19:15), quedar satisfecho con el alimento (Lamentaciones 1:11, 19; Proverbios 13:25), tocar un objeto material (Levítico 5:2), descender al sepulcro (Job 33:22, 28), subir del sepulcro (Salmos 30:3), etc. Nunca se describe como algo pensante, inmortal e inmaterial. La palabra original ocurre en el Antiguo Testamento alrededor de 700 veces, y en el Nuevo Testamento como 180 veces; y entre todas las diversas traducciones, es imposible descubrir algo que se aproxime a la creencia popular. Se ha vertido como "alma", "persona" o "vida", "animal", "corazón," "ánimo", "alguno", "ser", "cadáver", "cuerpo", "deseo", "voluntad", "apetito". En ningún caso tiene el significado que le atribuyen los cristianos profesos en el presente. Nunca se dice que es inmortal; sino siempre se indica todo lo contrario. No sólo se muestra que puede morir, sino que por naturaleza está sujeta a la muerte. El salmista declara en Salmos 22:29 que el hombre "no puede conservar la vida a su propia alma", y en Salmos 89:48: "¿Qué hombre vivirá y no verá muerte? ¿Librará SU VIDA del poder del Seol?" Y al hacer una referencia histórica, añade: "No eximió LA VIDA DE ELLOS de la MUERTE, sino que entregó su vida a la mortandad" (Salmos 78:50). Finalmente, Ezequiel 18:4 declara: "El alma que pecare, ÉSA MORIRÁ".

Debemos tomar en cuenta otra diferencia entre la enseñanza bíblica y la opinión popular. Todos estamos familiarizados con el valor que se le atribuye a la supuesta alma inmortal. Frecuentemente oímos exclamar: "¡Oh, cuán valiosa es un alma humana! ¡Mundos incontables no se le pueden comparar!" Pero no encontramos nada de eso en las Escrituras. La opinión bíblica es totalmente opuesta. Por ejemplo, considere lo siguiente:

"¿QUÉ ES VUESTRA VIDA? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece". (Santiago 4:14)

O en Salmos 144:3, 4:

"Oh, Jehová, ¿qué es el hombre, para que en él pienses, o el hijo de hombre, para que lo estimes? El hombre es semejante a la vanidad; sus días son como la sombra que pasa".

O en Salmos 103:14-16:

"Él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo. El hombre, como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más".

Y lo más expresivo de todo lo leemos en Isaías 40:15-17:

"He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas [...] COMO NADA son todas las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en MENOS QUE NADA, y que lo que no es".

"Todos los habitantes de la tierra SON CONSIDERADOS COMO NADA". (Daniel 4:35)

Existe solamente un pasaje que parece un poco diferente a esto. Es el siguiente:

"Porque, ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?". (Marcos 8:36, 37)

Frecuentemente se cita este pasaje en justificación del concepto popular; pero enseguida se comprobará que las palabras no describen el valor absoluto de la vida del hombre en la creación, sino simplemente el valor relativo que tiene para el hombre mismo. Fortifican el principio de sentido común de que un hombre sacrifique su vida para obtener algo que al morir no podrá poseer ni disfrutar, sería cometer la más grande locura. ¿Insistirá alguno que el pasaje citado se refiere a la "alma inmortal" de la creencia popular? Entonces recuérdese que la misma palabra que en este pasaje se ha traducido como "alma", en el versículo anterior se tradujo como "vida", de modo que si lo tradujéramos como "alma inmortal" se notaría inmediatamente lo absurdo:

"Porque todo el que quiera salvar su alma inmortal, la perderá; y todo el que PIERDA SU ALMA INMORTAL por causa de mí y del evangelio, la salvará". (Marcos 8:35)

Qué terrible paradoja representaría esto para las personas apegadas a la doctrina tradicional. Pero considere la palabra "alma" en el sentido que ya hemos visto que la usan las Escrituras, y percibirá la belleza de la idea y la preciosidad de la promesa. Aquel que no vacila en sacrificar su vida en esta existencia antes que negar a Cristo y rechazar su verdad, será recompensado con una vida más preciosa en la resurrección; mas el que renuncia a la verdad para proteger sus mezquinos intereses mortales, quedará excluido de las bendiciones de la vida venidera.

Llegamos a la raíz del asunto en Génesis, donde se nos proporciona un relato de la creación del hombre. Los términos usados aquí no están de acuerdo en absoluto con la creencia popular, sino que coinciden enteramente con el concepto expuesto en este capítulo:

"Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente" (Gen. 2:7)

Aquí se nos dice que Adán fue hecho de la tierra, y que lo que resultó de la tierra fue el ser llamado HOMBRE. "Pero", dice un contradictor, "eso sólo se refiere a su cuerpo". Es posible decir que se refiere a todo lo que podamos imaginarnos. Esta clase de afirmación no tiene valor alguno. No hay nada en este pasaje ni en ningún otro de las Escrituras que indique la distinción popular entre el hombre y su cuerpo. La organización corpórea se llama aquí hombre. Ciertamente, no tenía vida antes de que se le soplara el aliento de vida; sin embargo, era un hombre. La vida fue algo que se sobreañadió para dar al hombre una existencia viviente. La vida no era el hombre; era la parte básica; era algo fuera de él, que procedía de una fuente divina, y que se infundió en el maravilloso mecanismo preparado para recibirlo. "Sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser [alma] viviente". Este versículo se cita frecuentemente para probar la doctrina común; o mejor dicho, se cita erróneamente, porque por lo general se vierte como 'y sopló dentro de él una alma viviente"; pero en realidad establece lo contrario. ¿Qué llegó a ser una "alma viviente?" El ser formado de polvo. Por lo tanto, si el uso de la frase "fue un ser [alma] viviente" prueba la inmortalidad e inmaterialidad de alguna parte de la naturaleza humana, tal prueba se refiere al cuerpo, porque fue eso lo que llegó a ser un "ser [alma] viviente". Pero, por supuesto, eso sería absurdo. La idea expresada en el pasaje que estamos tratando es sencilla y racional, o sea, que el ser previamente inanimado llegó a ser una criatura viviente cuando recibió vitalidad, pero no necesariamente inmortal, pues, aunque llegó a ser un ser [alma] viviente, no se dice que se convirtió en un ser "eterno" o "inmortal"; aunque sin duda habría seguido viviendo si el pecado no hubiera traído la muerte.

Pero, lo que sea que Adán pueda haber sido en su constitución original, se promulgó el decreto de que él dejara de existir; que volviera al estado de inexistencia del cual había surgido por medio de un poder creador; que muriera; y esto constituye la más grande refutación que pudiera presentarse acerca de la inmortalidad del hombre, en todo sentido. Se le dijo a Adán que en el día que comiera del árbol prohibido, ciertamente MORIRÍA (Génesis 2:17). Si hubiese cualquier duda en cuanto al significado de esto, queda aclarada por los términos de la sentencia que se dictó contra el hombre cuando desobedeció:

"Por cuanto [...] comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él [...], con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás". (Gen. 3:17-19)

Decir que esta sentencia se refiere sólo al cuerpo del hombre y que no afecta su existencia personal, es jugar con las palabras. Aquí se afirma expresamente que la personalidad a la que se refieren estas palabras es el cuerpo físico. "Polvo eres." ¿Qué podría ser más enfático? "Al polvo volverás". Por supuesto, esto es absolutamente inaplicable al principio intangible que se supone constituye al alma, y se refiere exclusivamente a la naturaleza material del hombre.

El punto de vista de Longfellow acerca de este asunto es que:

"Polvo eres, y al polvo volverás,

No se refería al alma".

Pero la Escritura citada establece concluyentemente que es la personalidad constitutiva del hombre, o en todo caso su base indispensable, la que pasa por la disolución física. Abraham expresa esto así:

"He aquí, ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza". (Génesis18:27)

Este es el concepto que tenía Abraham de sí mismo; pero algunos de sus amigos modernos lo habrían corregido: "Padre Abraham, estás equivocado; TÚ no eres polvo y cenizas; sólo tu cuerpo lo es". Sin embargo, la creencia sencilla de Abraham es más digna de confianza que "la sabiduría [filosófica] de este mundo," que Pablo califica de "insensatez para con Dios". (1 Corintios 3:19)

Pablo tiene la misma opinión que Abraham: "Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien". (Romanos 7:18), y nos dice en general: "Que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas" (Colosenses 2:8), contra las cuales debemos guardarnos de una manera especial en este asunto.

Santiago 1:9, 10 añade este testimonio:

"El hermano que es de humilde condición, gloríese en su exaltación; pero el que es rico, en su humillación; porque él pasará como la flor de la hierba".

Lo cual es como una reiteración de las palabras de Job 14:1, 2:

"El hombre nacido de mujer, corto de días, y hastiado de sinsabores, sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece".

Luego vienen las palabras de Salomón, el más sabio de los hombres:

"Dije en mi corazón: Es así, por causa de los hijos de los hombres, para que Dios los pruebe, y para que vean que ellos mismos son semejantes a las bestias. Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; NI TIENE MAS EL HOMBRE QUE LA BESTIA; porque todo es vanidad. Todo va a un mismo lugar; todo es hecho polvo, y todo volverá al mismo polvo". (Eclesiastés 3:18-20)

El ferviente creyente en la doctrina popular se impacienta ante la declaración "ni tiene más el hombre que la bestia". Al principio, imagina que procede de una pluma menos autorizada que la de Salomón; la estigmatiza como detestable; sin embargo, ahí está, en la Biblia misma, con inequívoco énfasis, como una arrolladora condenación del lisonjero dogma que exalta la naturaleza humana para igualarla con la Deidad.

De este modo, las Escrituras se combinan con la Naturaleza para declarar que el hombre es una criatura frágil y mortal, que aunque lleva la imagen de Dios y sobresale por sobre todas las otras criaturas por su poder intelectual, por la grandeza de su naturaleza moral, y por su relación racial a futuro, no obstante se desenvuelve bajo una maldición que lo precipita a un fin designado en el sepulcro.

Es de suma importancia que se reconozca esta verdad. Es imposible discernir el plan de la verdad bíblica mientras se tenga un error fundamental referente a la naturaleza del hombre. Se hallará que la doctrina de la inmortalidad del alma es el gran error del siglo, el inmenso engaño que se extendió sobre todos los habitantes como un velo, el gran obstáculo para el progreso del verdadero cristianismo. Esto será evidente para el lector en los capítulos siguientes. Verdaderamente, las palabras no pueden describir el daño que esta doctrina ha causado. Ha dejado a la Biblia incomprensible y ha promovido la incredulidad al responsabilizar a la Biblia por una doctrina con la cual sus características históricas y morales son incompatibles. Ha quitado la vitalidad de la religión al destruir su significado e investir al tema con un misterio que no le corresponde. La ha despojado de su vigor y la ha reducido a algo afeminado que los hombres de mente fuerte repudian y hacen a un lado; y sólo los sentimentales y románticos le prestan atención. Arrójela a los topos y murciélagos y acepte humildemente la evidencia del hecho y el testimonio de la palabra infalible de Dios.


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